29 de septiembre de 2006

La Pastilla

La Pastilla

Esta es la prueba de mi amor por ella. Proviene de una semilla comprimida con nombre farmacéutico místico, manteniéndome casi siempre a su nivel. La dosis es la que me pide, no me importa hasta qué estrato me compense. Es bendita escalera anfetamina. Encaja perfecta en mis neurotransmisores excitados. Señal inexorable de que mi cuerpo está diseñado para amarla por esta vía. La sensualidad salvaje de mi eléctrica mujer acaricia mi sinapsis inducida por el psicotropo. El sexo era tan sólo el apogeo del ritual mesurado con indispensables psicofármacos. Antes del coito era labor –según mis influencias socioculturales- crear un largo preámbulo seductivo; gracias a esta disposición, es por lo que puedo extrapolar mi relato.

Conocí su esencia una noche lluviosa, más que de agua, de su locura. Sus piernas se movían frenéticas por la calle, perseguía una encomienda que ya he olvidado, mas me indujo a seguirla. Sus dedos hipercinéticos cubrían su pecho mojado cuando le pregunté cuál era su nombre: Angelina. Dicho esto, se echó a correr como lo que ahora sé que es. Sin que una idea razonable me atravesara y con una fascinación mojada, excitado por su alquímico olor, me abalancé siguiendo sus faldas. La persecución no ha terminado aún, sin embargo esa noche tuvo un parador excelso. En un parque, con pasto lagrimoso se arrojó tendida y dijo implorándome: ¡bésame!, lo hice, hasta pensar que era suficiente; pero, ella – y no hablo sólo de su extensa sexualidad- no contiene en su ideario el concepto de lo suficiente.

La seguí, siempre corriendo. Corría no sólo con mis piernas, sino con mis ansias, mis obsesiones, mis celos, mis caricias, mis atenciones, mis juicios. Ella era veloz, quizá no tanto al emitir un aforismo vulgar; lo era para vivir en sí. Para reír, para besar, para jugar con su pelo, para disfrutar de una bebida; para soñar que era acariciada; para mover su lengua al cantar en mi piel; para atravesar el ocaso que se colaba por la ventana; para recordarme que estoy caminando entre la tierra y los pozos de estrellas. Lo era para tanto, como si fuera una efigie al frenesí. Era del movimiento su sensualidad. Puedo reflexionar ahora y decir que, quizá, tan sólo es sensual.
Aprendí a vivir con mi Angelina otra noche lluviosa, ulterior al agua: plena de ácidos y estimulantes. Vino a mí y no le vi cara de condición, sino la necesidad de que yo encontrara un estímulo que no me era interno. Algo que ayudara a mis axones a comunicarse con velocidad desorbitada. Porque ella me lo pedía y ella es mi vida.
Primero, busqué en la naturaleza sus dones para poder alcanzarla (cuántas veces he tratado de alcanzar algo y así, después seguir afanoso alcanzando lo que sea, hasta llegar a las fantasías y calmar mi ansiedad por alcanzar), pero la naturaleza es sabia y procura que sus dones sean dados únicamente por dosis esparcidas, en una planta pequeña; una flor que pareciese común; en cierto néctar de algún cactus remoto o en algún hongo exótico.

Desesperado por tanta sabiduría, aspiré ser insensato. Entonces, comprobé la sublimación del fármaco ante la hierba. Así encontré un toque de la hipersinesia que necesitaba para alcanzarla. La anfetamina se unía a mí y yo, cargado me unía a Angelina. En esta noche que se confunde mi excitación con las sombras, me siento impelido a suspirar con las dunas de mi desesperación por esta amazona de lujuria. Es tiempo donde mi cuerpo está más dispuesto que yo; espero no rozar el límite en sobredosis. Aunque aún me excita pensar que yo juego tal saltimbanqui en la frontera blanca de la esquizofrenia.


Nos separamos un momento, ella me observa cual jinete ante la estepa, yo me siento halagado por su magia, es un pequeño momento de sosiego tan poco común que lo recibo como parador hacia la épica ciudad de Maratón. Parece ser que algo se desprenderá de su boca, abro también los labios galvánicos por esa incitación. Aspira hinchando su hermosura, y sonríe antes de decir nada. Busca y encuentra lúdica en sus ropas un pequeño sobre dorado. Lo besa mirándome a los ojos y me propone ir a un jardín ulterior, armonizado con laúdes según ella, capaces de calentar la piel. Cómo resistirme ante el influjo rabioso de sus palabras, similares quizá a las mujeres de Gomorra. Cómo mantenerse cuerdo ante la sutileza de sus turbadores susurros. Señalo, que la presente descripción, es agregada a mi alteración química. Sin embargo, dudo ya de mi veracidad racional, y me restituyo como un navegante de emociones nada más.
He tomado deliberadamente, un poco más de sustancia, miento, he tomado una cantidad que preocuparía a algún cobarde, u hombre sin voluntad amatoria. Yo sí tengo sentido.

Durante este instante que me observa y saca su sobre dorado, vuelvo a creer en Parménides o, en la eternidad. Todo se ha detenido menos mi deseo, incluso su respiración. Comienzo a sentir un vértigo que me entierra en el pasto. Siento una fuerza que quiere drenar mi sangre por todos los poros, no hay presión, si por mis venas corriera mercurio, saturnino me abriría la piel para que escapara. No creo fuese buena idea el medicarme tanto. Por fin, el tiempo sale de su estado sincopado, ella comienza con un respiro y yo mis dientes a chirriar. Creo sugeriré postergar este encuentro que comienza a ser desafortunado para mí.

Pero ella me acaricia el cuello y me dice -creo por palabras-, necesito un pequeño aditivo más, comienzo a mover mi cabeza tan rápido, que quizá sea mi impresión. Tengo una necesidad apremiante de arrancarme el cabello, creo ya lo hice pues lo siento caer de mis manos, que se sacuden por la cercanía de su cuerpo. Me besa, me dice que ahora sí, estaré al nivel preciso. Me confiesa y me deja pasmado dentro de mi desintegración: es adicta a cierta sustancia nueva, quiere me una a su orgía de artificiales espasmos.
Yo ya no tengo habla, trato de comunicarme de otra forma, pero, es tarde, una pastilla caída del sobre dorado de Angelina, flota deshaciéndose bajo mi lengua.


J. Santiago S. Astrapé N.

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27 de septiembre de 2006

Nada ante el Mar (Los pájaros del amanecer)


De un día común lleno de recuerdos brumosos, donde la melancolía ha sido constante de mis reflexiones, me embarga el deseo de apretar la arena en mi puño.
Me observé en el espejo hace rato; impresiona mi mirada. Yo que me vi, pude ver el dolor temblando en mi retina. Creo que eso es la conmiseración.
He recibido un mensaje anunciándome que habrá tormenta. Lo dejé con tranquilidad, no necesitaban recordármelo, aunque aprecio sus deseos de que esté bien. La lluvia me estaba contando cosas de más allá de las olas arrogantes. Por eso contesté de mala gana. Ahora iré a la playa con mi corazón desgarrado, lleno de impulsos destructivos. Al entrar al agua me reduzco con violencia y me olvido de aquellos rezos aburridos, donde se implora a un dios monótono, gris. Mi oración será por la desesperanza. De la devastación que se aproxima sabré más de no creer que exista salvación. Algún estúpido me puede decir que la salvación es guarecerse, huir, ocultarse de la ira superior; no arriesgando ningún instante de locura; siendo esclavo de la lógica, absteniéndose de vivir. Pero ello es difícil para mí, el no ser rebelde.
Y ahora la vida me llama, mide muchos kilómetros y salta lujuriosa ante la excitación del temperamental viento. Tengo miedo, y por ello disfruto más la agitación, y de cómo la sal calma mi prurito en mi entrepierna. Grito, con toda mi fuerza lo hago llorando, maldiciendo, clavándome las uñas, convulsionando mi cabeza al ritmo de la salmuera.
Cierro mis ojos y me entono con el viento. La furia es crescendo desde el piélago, espero no ser arrancado de suelo sin tener consciencia de volar.
Por doquier: sulfuradas grietas acuáticas, siluetas de deseo agreste, vapores lujuriosos oliendo a coral. Que me devaste el mar, que haga de mí, encono de su furia, tan sólo un segundo, cantaré aunque no me escuche, aunque mi voz sea nimia ante su roja cacofonía. Al final gritaré mi impotencia ante la soberbia de los insensibles, de los que se fueron para continuar con su vida institucionalizada. Mi pecho irascible se entregará a la oscuridad del coloso y mi risa se tornará llanto, y volverá a ser carcajada. Mis emociones no tendrán rienda, embestirán el caos con el suyo, soñarán ser dueñas de lo indómito, y así al soñar serán más humanas, podrán despertar y percatarse congeladas de la bestial realidad. Despertarán irremediables pues es lo que con vehemencia deseo, de dejarlas sin ilusión, que sean azotadas desnudas inermes porque a pesar de virtudes artificiales, de promesas falsas, nada les ayudará. No me engañaré más para pensar en el tener sentido. Abandonaré todo, dejaré a la humanidad en la más profunda soledad.

La noche debe venir. Dispuesta a aconsejarme fría al oído, temperamental escurriendo por las cascadas de luna. Mi vejez fue placentera, la gocé recordando y aún creando himnos cristalinos a la vida. Ahora que estoy dispuesto a decidir mi muerte a saber el día y la hora, debo de tener un toque majestuoso de realidad. Schopenhauer murió varias veces para poder liberarse; sí lo hizo tantas, debió haber vivido muchas vidas, más intensas que las de cualquier somnoliento optimista.

A dónde se han ido todos. Cuando desperté me sentí ajeno, adolorido, reflexivo, sintiéndome en la cima de una cordillera emocional agitada por un sismo violento. Así lo primero que mi voluntad imperó fue venir hasta el agua. Verme reflejado en el agua del mar. No reconocerme, que mi imagen fuese tan dispersa como para ya no verme llorar palpitante.

En este silencioso momento de seres esquizoides miopes y amordazados por el miedo, hago añoranzas que me sitúan en la más vivaz de las melancolías. Recuerdo el momento que sentí una cálida caricia cuando más lo necesitaba, después de la derrota. Puedo ver mi sonrisa en una fotografía, total y sincera. Días disueltos para merced de mi alegría, extendidos en lienzos tersos de mi preciosa juventud. Cuántas caricias emanaban de mis manos, cuántos hilos agudos de energía dentellaban armónicos mi piel. Aún de tanto tiempo, la emoción comprime mis costados, y mi gozo hace erupción en mis ojos, permitiéndoles ver hacia dentro. Celebro paralelo la música de la conmoción, ella siempre fue responsable quizá. Senil eco, maldita alucinación balsámica: “¡clámame!” dice tu voz en susurro, “hospédame aún de ser un enigma”. Cuán enamorado estaba de tu oscuridad, cargando orgulloso y ciego tu flagelo lumínico, incandescente. El único orgasmo sublime fue el de tu ausencia. Y ya no sé a quién le canto, es quizá, a la bestia idílica que mi miedo esculpió, la que al tratar de rescatar, provocaba mi despeñazo. Debí asesinarle a tiempo, cuando mi inerme pubertad. De cualquier forma va a ser resuelta. Qué si no: los sueños son llanos lejanos que nos devuelven las emociones disueltas en la locura.
Basta, de qué locura hablo, cuando ésta puede ser eclipsada por mi último acto de determinación. Y renunciar sí, del Ser por coerción, de la idiota tendencia a la imaginaria libertad absoluta. Deseo renunciar de fuerzas aprendidas, evasoras para no ver mi miseria. Yo, que tanto me amé, que tanto pensé controlar y lograr, elevé mi ego al absurdo más ridículo. Renuncio también a cualquier vanidad post mortem. No poseo derecho alguno, sobre el dolor ajeno, incluso de la alegría de verme muerto.
Este no es momento para flaquezas, de arrepentimientos por lo hecho y lo nunca intentado; al contrario alabo frenético –con o sin ingenuidad- lo que decidí hacer. Practiqué el amor, despojándolo de su falaz máscara de ente, donde estúpido lo confundí con bestia y redentor. Las marcas aún ardientes de mi alma, las muestro altivo, como fe de su praxis apasionada. Que sea el amor a la vida, el paradójico impuso que me arroje a las olas. Merece la vida y los otros, un amante renovado cada día. Es así como, flotando mi flagelado cuerpo, será redimido de la angustia del no ser. ¡Qué resuene el encono de mi revelación crepuscular!, ya viene el salado coloso, emanando un trueno horizontal. ¡Ven y desgárrame!, quítame mi vanidad, enséñame por muchos, la humildad de tan simple fenecer.
Estaré quizá, plácido, entre las olas, dando reposo a los pájaros del amanecer.

J. Santiago S. Astrapé N.

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Alejandra

Oh cómo quisiera ser el primer amor de una mujer fatal

I
Desvelado lector de Sobre Héroes y Tumbas, te invito a que imagines, cuántas Alejandras se sucedieron en una sola, sobre cacofonías de lamentos internos, en susurros sinfónicos de esperanzas maniacas. Desde aquella habitación, su cuerpo calcinado, o casi reducido a cenizas, -quién lo sabe con exactitud, ni el propio Sabato lo describió- marcan estela de estragos, risas estrepitosas, caricias anheladas, caricias maldecidas. Habrá gritado. Su voz, cómo era. Lo habría permitido el fuego al calentar su garganta nívea, tan evasiva. Maldita flama enorme, que desvanece su memoria; mas permanece la inquietud añeja, por saber qué grietas terminaron por ceder bajo su larga cabellera negra. Aquella noche, mirando los ojos de su padre, -aquel hombre perseguido por la oscuridad sectaria; informante del soterrado caos de Buenos Aires-, preveía que sólo calcinando esa mirada terminaría su flagelo; no bastarían las balas desgarrando su piel de bestia. Holocausto indolente por quien estúpidamente anhelaba rescatarla. Además, visto desde su buhardilla, qué podía hacer ese incipiente mártir, ese muchacho lleno de abismos maternos; nada, era ella un espejo tan vasto como el mar, para que Martín se reflejase y arrullase por las noches.
Alejandra existía, cuando decidía; mientras era femme fatale. Quizá ni cuando encendió la nafta, dejó de serlo sin dejar la esclavitud. Fatal o predestinada: cuando un esperma congénere, que tanto fluyó por su cuerpo, fecundó a su Madre, la anterior Alejandra. Pero, ni el incestuoso esperma, fue portador del arquetipo que por su familia heredó.
Por qué cargar con el estigma formado por generaciones, por qué sentir sobre sus frágiles hombros la áspera gravedad de la estirpe de los Vidal Olmos. La hundía ferozmente, entonces, qué sino convertirse en esas veneradas cenizas.
¿Existía deliberada maldad en ella?, afirmarlo sería igual que decir: “Martín fue estúpidamente apasionado por convicción”: prejuicios solamente. Después de la depuración, del conocimiento de causa, no existe maldad pura. Conocer los tergiversados motivos ajenos es empatizar con la maldad y, por consiguiente provocar su desvanecimiento. Sin embargo, no se desvanecen los rasgos aprendidos, no; son devorados, introyectados.
Hay que dejar que la ilusión fluya lentamente, y tácitamente devoremos la supuesta maldad de la hija de Fernando Vidal. Al discernir qué impelió su voluntad, al prender nafta; jalar el gatillo; enamorar neuróticamente a Martín; buscar –tal vez- el sexual spleen con rancios magnates; vagar hasta la estatua de Ceres; desafiar a Dios, desnuda entre la salvaje tormenta de la playa; y sobre todo, desatar una bramante furia, a través de su exótico carácter femenino, palpitando el incestuoso eros. No habita en ella, ningún para qué. Qué misión pudiera planearse desde ese antiguo mirador plagado de olores psicopáticos, dónde el rencor cabalgaba insinuante al deseo y el frenesí de lo prohibido; cuán más delicioso, más resaca pegajosa sobre su cama turca, escuchando algún lluvioso tango.
La máxima psicoanalítica predica: “hacer consciente lo inconsciente”, a través de ello se llega a la sanidad; pero, en el desamparo, cómo llegar a la tranquilidad, ante el vertiginoso empuje a la introyección que le da el desventurado Martín, al reclamar el verla visto con su padre. Ella, indudablemente es más consciente que nunca, pero su ego, está desgarrado y, una instancia psíquica proveniente de la moral, la aplasta desde entonces (sumando al peso generacional ya descrito), siendo premonición de la indómita catarsis ante el Abyecto. Más que nunca, sintió la vergüenza como hielo, aprisionando su débil intento de cordura. La angustia no le daba opciones, al menos no internas. El miedo se introdujo áspero y reptante en sus venas, hasta contaminarle sus ojos y volverse fobia, hacia sí misma, a sus cabalistas pulsaciones; plenas en su cuerpo cual insectos paciéndola.


II
Un concepto tan denostado, ese atrevimiento insolente de adjetivar, el decir: mujer fatal, a través de Martín o cuántos más, es pura ausencia: tiempo vacante, pensamientos que esperan tras las esquinas y los cuartos, miedo por No Ser nunca más junto a ella. Ese concepto es hechura del Otro, nunca de ella. Es su rencor, residuo luego de querer expandirse a través de su sensualidad cognoscible, inútilmente.
Los enamorados, narcisos distímicos que se hunden aún de sus filamentos freudianos en su profunda depresión, le cantan a esa mujer de silueta inalcanzable, que no puede ser observada en todos sus ángulos, porque ella es su epítome. Porque sueñan ser los únicos.
Al final resulta ser un trágico y hasta cómico solipsismo. En su altar martirizado por la lástima y misericordia, reza a esa efigie, que resulta heriofanta, sólo porque no lleva corderos ante él. Ella lo ignora, lo olvida, y se va. A dónde, a esa vacuidad inmoral, que da cada vez más desesperanza. Él se enamora primero; ella sabe que el enamoramiento es una enfermedad.
Luego, jalado hacia el centro de la tierra, diciendo adiós al cielo reducido a su techo, pero igual que el universo, recuerda cada vez condensado. Podría componer una melodía sobre arpegios fúnebres, antes de dormir. Para qué dormiría, si ya no es necesario dejar que su cerebro deje llegar lo incosciente. Entonces, la incertidumbre, implacable convertida en paranoia. ¿Dónde estará?, ¿pensará aunque sea un poco en mí?, ¿con quién estará?, ¿compartirá lo mismo que conmigo?, ¿él sí podrá?, puro martirio y profecías autorrealizadas.
Como no se puede saber todo, lo mejor diría el desamparado, es convertirlo en mentiras, en dispendioso veneno. Es tal el anhelo del enamorado, querer abarcarlo todo, serlo todo, tomarlo todo. ¿Realmente por justicia lo debería de tener?, ¿es que él ha sufrido tanto que necesita de esa recompensa?, todo puede llegar a ser; pero, por qué se afana de ser vampiro de una destellante golondrina. Como siempre, no hay que generalizar, a pesar de ser atractivo ya que al hacerlo se goza de un látigo enorme que cobra venganza. Hay que ser generosos y decir, que los narcisos conmiserables son pocos. Martín, dejaba ver que lo era. Antihéroe lastimoso, receptáculo de nuestras desgracias amorosas; gran dador de especulación del alma.

III

Reposó Alejandra como símbolo argentino de lo inalcanzable; de la inasible patria. Muerta fatídicamente, rindiéndose honor así misma, no reveló cómo amó o dijo amar (en monólogo interior) a su padre. Comprendida y hasta enjuiciada cada vez más de forma sofisticada, redimensionando el temblor de la retina; motivando a dejar su imagen en las líneas escritas y sacar la vista por la ventana; sus etopeyas marcaban el ritmo en el lector arrojándolo fuera del río a meditar. Sus pasos sincopados, sin embargo sensuales, son –de cualquier forma- anhelados cuando se cierra el apocalíptico texto. Vendrá Alejandra un día reencarnada, si la sabemos esperar como ella quiere, sentados taciturnos, ahogando la mirada en los confines del enorme río, girando y deseando enamorarse no importa si es oneroso el camino; sintiendo electrizarse la nuca por un perfume extenso, mientras se aspira el erotismo que no viene, aún, bajo la estatua de Ceres.

J. Santiago S. Astrapé N.

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15 de septiembre de 2006

Acerca del Deseo de Control

Bajarme del tren de vida, del tren de lo incosciente, resulta un extraño deja vu, por tantas veces que he intentado desasirme de la enajenación rutinaria, materialista y dogmática, y sin embargo continúo arriba del tren. El estrés parece ser tiene formas misteriosas de manifestarse, y ese misterio es derivado del grado incosciente en que se ha perpetrado. Hace tiempo encontré la paradójica definición de estrés: estado de descontrol. Tiene sentido paradójico: el no control es estrés, sólo cuando se tiene todo bajo control no existe, pero la búsqueda del control es sempiterna por lo tanto causante del mismo estrés. Entonces, pareciese ser como diría Schopenhauer (reflejando su clara influencia budista) relativo a las necesidades como causantes de la infelicidad al verse frustradas por su insatisfacción, es mejor no desear nada, eliminar el deseo, para así alcanzar la ataraxia, por lo tanto liberarse del apego. Transpuesto el deseo en: necesidad de control, por lo consiguiente causante del estrés; es preciso eliminar el deseo por el control. Renunciar al control, pero qué tipo de control, ¿al externo o al interno?

(Esto se vincula a la película de “¿Y tú qué “#%& sabes?”, podemos controlar lo interno y quizá lo externo. Digo “quizá” puesto que existe el poder inexorable de lo exterior: fuerza caótica natural. Por lo tanto después de reflexionar acerca de qué tanto podemos entender la realidad, al grado de quererla controlar porque nosotros “la determinamos”, puedo decir que estamos capacitados para determinar nuestra realidad más próxima, nuestro aparato psíquico o al menos comprenderlo gradualmente; pero es menester respetar lo que no podemos controlar: todo lo externo a nosotros. Quizá parte de la sabiduría radica en ello, saber que podemos determinar, y qué no podemos, y por lo tanto qué respetar. En la cinta se menciona que podemos influir en el exterior. Estoy de acuerdo en parte, lo hacemos tal como el efecto mariposa de la Teoría del Caos, aleteamos y desencadenamos una serie de efectos que pueden causar una catástrofe. En ese aleteo es donde debemos de ser conscientes e intentar ser vastos en nuestra compresión de efectos. Ser capaces de ver hasta dónde pueden llegar nuestros efectos. Ahora, en lo que acotaría respecto a nuestra influencia exterior, sería definitivamente (en proporción a nuestra soberbia antropocentrista) que hay sucesos externos que sobrepasan nuestro poder de control de forma fatal, mencionarlos incluso resulta chocante y casi todo se deriva de las catástrofes naturales, digo chocantes porque inmediatamente se podría pensar que es una verdad de perogrullo, es que es una obviedad, una digresión. Entonces la postura del ser humano en el universo sería una digresión, sería olvidar a que somos ínfima parte del cosmos, del Diseño. Al ser tan pequeños e insignificantes dentro del universo, y nuestra finitud reducida ridículamente a vidas de 100 años promedio, creemos que en ese lapso, los eventos naturales, los cósmicos, jamás nos afectarán y por lo tanto poco probables de que sucedan, pero oh desgracia, los eventos más cercanos sí nos alcanzan, terremotos, huracanes, enfermedades, y es cuando descubrimos que nada podemos hacer, que nuestra soberbia fue inútil, un simple mecanismo de defensa, que siempre ha estado presente de forma colectiva el Tánatos recordándonos el regreso al caos. La humildad me debe traer la consciencia de saberme parte de ese Diseño, que contribuyo, y posiblemente redistribuyo los elementos ya dados; pero estoy sujeto a su fatalidad Enorme, a una voluntad inconmensurable de sucesos cósmicos, por lo tanto, es preciso valorar mi pequeño lapso de vida, exultando mi capacidad de Ser, de poder Sí decidir dentro del sistema humano. Dejando de lado lo que llaman los psicólogos sociales, todo error de atribución.)

Y Si renuncio, estaré abandonado la búsqueda de logro; quiere decir que ¿esta búsqueda está ligada al estrés?
La respuesta es afirmativa, la condición de obtener algo satisfactorio espiritualmente para mí, es padecer estrés, puesto que si no lo vivencio, no ha sido meritorio. Entonces, es el estrés factor de logro, factor dañino, y definitivamente un factor que debe desaparecer. Pero ese deseo de logro, al fin de cuentas también es el deseo del que habla Schopenhauer, cuando no lo logro obtener viene la frustración, por lo tanto la infelicidad; si lo logro viene la felicidad condicionada, efímera, duradera mientras no anhele. ¿Eliminar el estrés o el deseo?, si los dos son biunívocos.
Esta aquí la clave, la aceptación, el enfrentar el dolor como parte natural del proceso de aprendizaje. No el conformismo, sino la aceptación. El saber nuestros alcances sin desear banalmente. Pero antes de ello, hay explorar verdaderamente nuestros límites. Si se renunciara incluso antes de la exploración, como dicen los santos budistas, probablemente se tendría un sublime sentido de frustración por la no acción, por la posibilidad. Dónde quedarían los grandes maestros del arte, los grandes pensadores, los grandes revolucionarios, o quizá, su obra no debió ser. Quién lo sabe con exactitud, dice Saramago que si el hombre supiese con exactitud las consecuencias de todos sus actos, jamás se movería un milímetro; ¿es ésta la ataraxia? ¿es porque se tiene la sabiduría suficiente para saber que es mejor permanecer impasible, sin deseo alguno?

Renuncio al estrés, como factor enfermizo de logro, permanezco en la búsqueda de mis límites para después aceptarlos y por lo consiguiente no me genere frustración. Me reconozco efímero y parte del Diseño, capaz de trasformar mis actos en algo trascendente a mí, capaz de poder redescubrir constantemente la vida. No estaré buscando otro amo como decía Lacan, sino responsabilidad. Mi padre dice, que hay que saber andar en fuego y no quemarse; analógicamente puedo decir que debo saber andar en tren y no marearme, ya que no me puedo (quiero) bajar ahora de un tren que desgraciadamente conduce el sistema, el odiado amo; pero estoy estudiando y siendo sensible de su estructura para el día menos pensado dar un buen salto fuera y que me valga poco el fregadazo, al menos ya estoy siendo consciente de que voy arriba, pero no basta.

J. Santiago S. Astrapé N.

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Sobre el Mentir

Hablar sobre la mentira es hacerlo sobre sus efectos, mas no es lo mismo hablar sobre el acto en sí de mentir, es decir, hablar sobre la causa, los elementos –internos y externos- suficientes que propician la conducción hacia la falsedad o la distorsión. Primero tengo que reflexionar acerca de lo auténtico y lo recto; conceptos que pueden entenderse desde un punto de vista ético y absolutista. Ético como necesario, absolutista como neurótico, ya que más que absoluto, podría ser consciente de su natural relatividad o variabilidad, de que todo ser humano puede experimentar una situación fenomenológica particular que lo llevará a elaborar un aparato de la realidad con el cual ponderar lo que le conviene más; y en ese otro concepto: naturaleza subjetiva, es quizá el mayor proveedor de apologías convenencieras para poder expresar distorsiones o dar calidad de apócrifo a lo revelado. Pero, si es un concepto -el de naturaleza subjetiva- inherente al ser humano, cómo escapar a la multiplicidad de impresiones y posteriores expresiones humanas, cómo establecer un estándar colectivo sobre Todo. De la propia colectividad se han sacado inferencias metodológicas para establecer el estándar, a través de la moda estadística, lo que más se repite es lo más aceptado y por lo tanto auténtico, pero se niega a la minoría, se le determina la no existencia por salir fuera de la moda, y de nuevo comienza el conflicto común y retroactivo, ya no de qué sino qué es más auténtico: mi sistema de creencias minoritario–que en este caso me puede llevar a la mentira- o el de los demás -que puede contener más distorsiones- y es más aceptado por la mayoría. La metodología estadística -la cual no precisamente es formal-, no representa el problema sino es la forma: para escapar de ello es conveniente que la colectividad mayoritaria entonces sea más Consciente. En caso contrario la metodología se convierte en tan sólo: reduccionista sentido común. Si se sigue inmerso en este último, y por supuesto hasta la ética se ve afectada.
Ahora parto entonces de: ética, autenticidad y rectitud como una actitud Consciente y autocrítica, al momento de revelar, para expresar, influir, modificar. Dentro del contexto más próximo y consecuente: lo consuetudinario. (Otro contexto podría, ser la creación artística, donde se tolera lo apócrifo y hasta la falta de lógica, como sublimación, condensación psíquica o sobrecompensación, los cuales, entre más conscientes más auténticos)
El orden no debería alterar resultados, espero que sea así, porque comencé reflexionado sucintamente por la colectividad y no por mí. Por qué al revelar, distorsiono, cubro, falseo; creo que un buen punto de partida es en el concepto revelar. Qué puedo decir de mí, o qué puedo decir de los demás, hasta dónde soy capaz, además del cómo y cuándo. Como en el chiste (patético), “-sí me sabía todas preguntas-, y por qué no pasaste -porque no me sabía las repuestas-“. Planteo mínimo mis preguntas y, ha sabiendas de que he reprobado porque he mentido. ¿Por qué he pienso y siento lo que no puedo expresar?, ¿por qué lo oculto?, ¿por qué de mi cobardía para enfrentarme primero a mis causas más profundas y ante eso compenso con una supuesta valentía (cinismo) ante las consecuencias?, ¿por qué ceder ante la presión externa para no decir la verdad?, y ¿por qué pienso que aparentemente quien miente ante una situación dada, ha salido más avante por mentir “oportunamente”?
Trato de responderlas ilusamente con prontitud, y me descubro en relámpagos de catatonia.
El Miedo, es el origen a muchas de mis respuestas, incluso lo percibo al momento de escribir esto, su influencia es fuerte. Comienzan a fabricarse los artificios necesarios para encubrir. Se crean y se destruyen al instante brechas. Se buscan alternativas supuestas, que sólo son evasiones fortuitas, banales. Sí, tengo miedo, poco o mucho pero lo tengo. Y sí, es permisible la elucubración, pero sólo la interna, el traslado a letras reveladoras es el trecho que tuerce.
Después el Orgullo, aparece como defensor de la imagen externa. El no ser vulnerable ante nadie. Cubriendo a otro personaje: la Vergüenza. Decía Sartre parafraseando a Descartes, me avergüenzo luego existo. Entonces tengo miedo a realmente Ser, por pudor, por mostrar más de lo que no puedo entender todavía. Me hace falta más autoaceptación.
Ante la cobardía, están mis estados de abulia, mi dependencia, necesito más voluntad inquebrantable, constante. Una estrategia: enfrentar el instante, no obsesionarme por encontrar banalmente “todas” las posibles consecuencias.


Ante pensar que “el que no tranza no avanza” es un prejuicio, y visión miope. El que tranza, el que engaña, no ve a los demás, es un egoísta indolente. Debo mantenerme firme ante esa tendencia que presiona, como me gusta citar a Nietzsche, el que lucha con bestias, se observa en el proceso de convertirse en una, o dicho más popularmente, el que con lobos anda a aullar se enseña, y yo hace poco, ya estaba aullando cuando antes decía la verdad aún sabiendas que no iba a tener buenos efectos ante mis autoridades. Rescato esa actitud, y la acompaño de prudencia valentía que aplaste al que quiera corromper. Ahora estas son las respuestas que puedo dar.

Pero luego está: Mentir por piedad. Los motivos son otros, pueden ser más altruistas, por lo mismo en ese instante no somos en nada dueños del nivel de aceptación ante la verdad. A quien se le da la mentira es porque supuestamente creemos que no aceptará la verdad, que le hará daño, y entonces nos pone en un predicamento, defender la verdad y creer que siempre causará efectos positivos, o maquillar para no causar sufrimiento. Y otra vez aparece el valor ante el dolor, la evasión, pero ya no nuestra si no vista en los demás, cómo saber exactamente que el otro la va a aceptar. No se puede, sólo está nuestra apreciación subjetiva, que está influida en ese instante por virtudes y valores que nos dirán qué hacer, y a mí, ante esa situación en dicotomía, creo que es mejor la verdad, no como acto de crueldad ni doloso, sino como un acto de consciencia que conllevará el saber dar o buscar alternativas en conjunto a quien se le da la verdad más próxima. Es decir sí, te digo la verdad, pero no te dejo solo con ella, ante su posible terror, sigo contigo porque soy sensible de su poder. Sin embargo, el costo de la verdad es tan grande, que hay que saber muy bien ponderar si es necesario conocerla, "la curiosidad mató al gato...". En fin.

J. Santiago S. Astrapé N.

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12 de septiembre de 2006

La Rasgada Línea de la Sanidad

“Y cuando miras largamente en el abismo, el abismo también mira en ti”
Friedrich W. Nietzsche
Así habló Zaratustra


Es en la película argentina “Hombre mirando al sudeste” (1986) de Eliseo Subiela, donde Rantés y el Doctor Julio Denis, nos proponen introducirnos en esa elucubración profunda y, mediante metáforas de lucidez y lo locura, vislumbrar la dantesca escena del hombre institucionalizado que busca ser normal y curar al anormal; mas, este proceso parece ser recíproco. Rantés aparece, de forma súbita en la clínica planteando interrogantes, aparentemente obvias: “¿qué es la música?”, “¿en qué reside su goce?”, etc. Desde entonces se propone como atípico, incluso –relativamente- dentro de una clínica para tratamiento mental. Y, ya estaba, el hombre acondicionado, el doctor incongruente que se conforma con su papel del barquero del Río Éstige, el que da una hipócrita bienvenida a las almas que ilusamente buscan ayuda o una estancia de confort a su alma. Rantés ingresa por la búsqueda de un foro, donde pueda pronunciar la verdad, aunque ésta incluya el –aparente- solipsismo de decir que es extraterrestre. Muestra entonces unidad, coherencia, y dice tener funcionalidad con sus ideas y actos. Es firme, lo suficiente para desconcertar al Dr. Denis, a quien no cabe el concepto de un hombre que acepta entrar de esa forma particular, - taciturna, improvista, auto acatable- en el hospital. Para el Doctor, el argumento de Rantés, es sumamente ridículo; la anormalidad de Rantés, es que ni siquiera alcanza la categoría de falaz; Denis, contiene en su ideario, una serie de criterios donde lo anormal, tiene las características normales. Y esta persona se reduce a un farsante de lo anormal.

Rantés dentro de su discordancia social pasiva –en un principio- logra hacer reflexionar al Doctor, lo suficiente como para que él redescubra partes sensibles que había perdido en su mundo estructurado y condicionado. Pero Rantés, ante su actitud de aparente aplanamiento emocional, necesita de ser filial, y lo manifiesta siendo una especie de Mesías redentor al insano, y por otra parte, de un hijo ante Denis, (“doctor, por qué me ha abandonado”), símbolo del largometraje, análogo al Cristo. Se logra ver, que es apariencia tan sólo, esa ausencia de sentimientos, porque al escuchar los sublimes tiempos de la Novena Sinfonía de Beethoven, se entusiasma por unir a quien lo rodean (Beatriz y Denis) y decide ser el orquestador de los sensibles, no importa aquí, de qué lado de la línea están las personas. Es un intenso frenesí sonoro; el público, los internos, danzan y celebran con júbilo el poder magnífico de la música.

Rantés dice dialogar al sudeste con seres ulteriores a nuestro planeta, y él dice obtener información, ¿la obtiene?, al menos parece saber encausar adecuadamente lo que tiene. Con su sistema de signos gráficos, mantiene su halo de misticismo al tiempo que se aleja más de sus compañeros internos, al querer estudiar la mente humana, la cual, según él, es una ilusión Berkeleriana proyectada en el espacio. Así, con su particular concepto de existencia, intimida y es interpretado como un insensato de la realidad como dogma. Subiela es lúdico con ello, ya que nos da la incertidumbre en nuestros juicios, al entrometer elementos paranormales, y otros, contundentemente normales.

Rantés, logra convertirse en lo que él deseaba, es congruente hasta que se lo permiten; después viene su caída, porque su anormalidad, es inconveniente, es decir ya no es conforme a la sociedad, y ello magnifica de pronto su doctrina personal atípica. Su caída, a través de electrochoques y medicamentos que le modifican, es estoica y desgarradora, es cuando por fin cae en los cánones correctos de lo anormal. Denis sufre, porque ha quedado desamparado en su caos aceptable, muy interno, tanto que la soledad para él ya es patria. Sabe Denis, que no puede luchar con la institución; lo que lo hace sufrir más es que, él es parte de la misma. Es tan sólo un instrumento y descubre que sus criterios se han ampliado de forma dolorosa, porque él ha sido también, el objeto de estudio.

La definición de comportamiento anormal posible de utilizar en la cinta es la de Aflicción subjetiva. Obviamente en el Doctor Denis, observable ello, gracias a los monólogos que nos permite entrever como espectadores.

Rantés es quien, al no encontrar congruencia fuera de, sabe que su conducta tomará rumbo dentro de, mediante posible tratamiento. Sin embargo, el no parece estar afligido; para él, el criterio o definición de comportamiento anormal sería una relativa desadaptación social, en función de su apreciación muy especial de la realidad y el rol que desempeña por ésta, dado por su predicación.

El Director Eliseo Subiela, ha creado una obra de arte donde conjuga elementos etéreos que son sublimados por una intensa percepción de la vida en sí. La subjetividad es el motivo principal para lograr la concordancia y la congruencia sana. La razón permite dicha concordancia a la permisividad de decidir sentir una vez más.

J. Santiago S. Astrapé N.

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Acerca de: El Hombre en Busca de Sentido (digresión)

La metodología general de redacción sobre escritos científicos pide que se evite hablar en primera persona y que se hable con objetividad. Dilema del cual habla Rollo May, al enfatizar que la psicología no debe ser reduccionista, pues se pierde gran parte del valor humano. Víctor E. Frankl pide que el lector sea objetivo, cuando lea su historia dentro de los campos de exterminio y concentración nazis, ya que él inexorablemente es sujeto. Pero, para entenderla es preciso: sentir. ¿Y cómo no sentir el llamado ante la Hecatombe?, tratar de entender totalmente la muerte como objeto, al fin sería una quimera necia. Entonces, se confirma que cualquier estudio psicológico existencialista, es: Ser Sentido, desde lo más profundo, para después enfrentar esa energía hacia la razón. De esta tensión positiva, se dimensiona en forma óptima, la historia de Frankl.

Es preciso –más allá de la sensiblería-, ser sensible. Las letras de Frankl ahondan al alma, pues su lamento es algo ulterior al dolor. Siendo el dolor mismo, logra diseminarlo a una postura sublime, poética. La transferencia al trashumante asfixiado; al prisionero desechado en número objetal que lo nombra, logra que se agolpen las lágrimas y salgan. Puedo imaginar todas las lágrimas que se perdieron en la vacuidad de la indiferencia del campo; o cuando, contenidas se aunaban intrínsecas con un abismo interior. Si era necesario arrojar esas lágrimas, era necesario entonces, desahogar una parte ya esencial de ellos, su abismo interior. Oscuro pozo que era formado por la desesperanza; cuando se agotaban las metas producto tanto de los sentidos sembrados exteriormente e interiormente en la vida, como de la ensoñación al lado de las púas. Pero, Frankl resuelve, si venían esas lágrimas “ellas testificaban que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de sufrir”.

Frankl otorga a quien lo quiere asir, una experiencia luminosa. Una revelación valiosa ante la pérdida de valores y –consecuentemente-, el significado de la vida. Al ser la libertad última, la responsabilidad como esencia teleológica, formadoras de individualidad existencial, el significado es único y personal. Es lumínico encontrar esta forma de búsqueda, este parador que impulse y organice la energía desorientada por el significado; que al permanecer como paradigma tácito, surge a la conciencia y da –valga la tautología- sentido a la búsqueda de sentido. Y así con ayuda psicológica, por ejemplo, nos sintamos cobijados los cognoscentes alejados; esto al desasirnos de normas morales y religión, al ser desnudos de pronto por una suerte de lucidez filosófica; que sin cauce reconocible, es una fuerza inútil. Es necesario que se convierta en una tensión creadora y positiva, que aproveche energías bipolares. Como señala Frankl, al decir que el hombre no necesita de equilibrios u homeostasis, sino lo que él llama noodinámica, la dinámica espiritual.

La existencia misma entonces es la capacidad de decidir que aptitud tomar ante cualquier circunstancia de la vida. Es autodeterminante, el único que se debe guiar ante la bifurcación. Pero debe aprovechar toda emanación de energía de dicha dicotomía. La postura es interior, espiritual, es decir noodinámica. Permite quitar prejuicios, incluso, ante la fatalidad del sufrimiento. El hombre que encuentra significado, es capaz, como Víctor Frankl, de maravillarse de su propia cosmovisión ante el dolor. Encontrar excelsitud por tenencia de significados últimos: el amor por su esposa; la tarea de terminar su “hijo espiritual”, que era su libro sobre psicología existencialista. El decide, vivir, experimentar y encontrar motivo por el cual seguir sufriendo. Así descubre, que el hombre es producto de su noodinámica.
Es fácil, quizá atrevido, comparar superfluamente el trabajo de Víctor Frankl con el libro bíblico de Job. Análogamente los dos experimentan los más rasgados límites del sufrimiento; Job “encuentra” significado religioso de manera totalitaria y dogmática. Sólo que Frankl no encuentra respuesta universal a su dolor; lo encuentra en sí mismo.

Es menester del hombre valuar lo que le da identidad y fortaleza, sólo él. Y si le da sentido a su vida, desde lo más profundo, entonces, será funcional y podrá plenamente vivir. La obra de Víctor Frankl ha tocado mí espíritu y ha redimensionado mi cosmovisión.

J. Santiago S. Astrapé N.

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Acerca del cuento Mexicano

Existen muchas definiciones académicas e informales para la palabra cuento. Las últimas tienen que ver con su más reciente forma. Pues el cuento tiene inherencia al ser humano buscador de narrar algo interesante, y dada esta inherencia, tiene entonces el cuento origen remoto y definiciones bastas.
La definición basada sobre experiencia que hace el cuentista estadounidense Flannery O´Connor, enuncia muy bien el paradigma del cuento: “Un cuento es una acción dramática completa (...), los personajes se muestran por medio de la acción y la acción es controlada por medio de los personajes (...). Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana”. 1
Es el cuento pues, algo necesario y fundamental para evocar la naturaleza dramática humana; el representar sensaciones, emociones y reflexiones que vivimos o que incluso jamás viviremos. Es un medio para realizar la catarsis de que hablaba Aristóteles y, que es requerida para liberar emociones, tensiones o ansiedades.
Una definición sujeta, y llega a dogmatizar algo, en este caso al cuento; que siempre tiende a escapar de las definiciones hechas siempre por la cultura o ambiente que lo rodea. Las reglas que lo conforman también son variables a través del tiempo. Así que el cuento sólo encuentra esencia en sí mismo, en cada uno que logre perdurar en la memoria. Entre más sean las personas que lo recuerden, más significativa será su esencia.
Pero el cuento se nutre del ambiente que le es cercano a su autor. El ambiente que rodeó al cuento mexicano, aún antes de su conceptualización, era religioso y educativo. Si se realiza una analogía de la cultura mexicana con una persona, encontramos referencias a lo descrito por Bruno Bettelheim, que el infante necesita de historias fantásticas (religiosas) para poder tener confianza en la realidad que apenas comienza a discernir y elucubrar. Tal vez, la madurez (cultural) se estaba alcanzando cuando arribaron los españoles y trajeron su propia madurez cultural hasta entonces alcanzada.
Descubrí entonces que no existía literatura en las culturas de las épocas prehispánicas. Lo único que se puede considerar como tal, era la poesía, que se trasmitía de forma oral, al igual que las narraciones religiosas y morales. Muy pocos muestra se conservaron en forma de textos, pero, como ya vimos estos –al ser escritos por españoles- están influenciados por la cultura española. Las tradiciones orales que persisten han sufrido la natural deformación del tiempo, pero nos permiten atisbar el imaginario colectivo ancestral.
La época colonial fue un proceso de castración que venía a coronarse por la Inquisición. Los criollos se desligaban lentamente la identidad peninsular y les daba pánico saber –dado su xenofobia- que se impregnaban de la cultura de los naturales. Es grato encontrar al fraile franciscano de la provincia de Yucatán, Manuel Antonio de Rivas en 1773, descubrir a un cuentista mexicano con espíritu moderno relativo a su tiempo, único escritor de cuento fantástico. En ese año es delatado a la Inquisición por una serie de cargos incluido el haber escrito un cuento poco original sobre viajes espaciales hacia la luna; con un toque moderno relativo a la ciencia de aquel tiempo. Acusado por el contenido supuestamente hereje y astrológico, es detenido y posteriormente defendido por su abogado, argumentando que en la historia de la Iglesia Católica han existido varios apólogos que hicieron historias usando la imaginación ahora atacada. Se convence al fiscal por estos argumentos y suspende el proceso. Al respecto el mismo Pablo Casanova, dice: “Al hombre moderno se le juzgaba por los productos imaginativos de su filosofía, o se le defendía ignorando la existencia de esa filosofía.”2 Pero al fin este tipo de encuentros marcó un cambio gradual en la conciencia literaria. “En la literatura perseguida se advierte la formidable evolución en que el acusado provoca una metamorfosis social y se convierte en acusador, quitándole al juez la razón, para sustituirla por otra suya.”3
El acto de contar, más que el ser cuento, persiste desde que el hombre puede hablar; al respecto Bioy Casares dice: “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas con anteriores a las letras.”4 En este caso es anterior incluso al la corriente fantástica en México. La inquisición contribuyó entonces, con la formación de una cultura anónima e incomunicada. En la colonia al fin de cuentas con todas su imposiciones y limitantes, acabaron por dar elementos característicos a la idiosincrasia mexicana, pero principalmente contribuyó a la cultura, y no lo podemos negar. Tan sólo que el cúmulo sincrético no permitía establecer un parámetro de originalidad y autenticidad en la cultura mexicana; más en lo que nos interesa, la literatura
Es necesario sumergirse leyendo todos los autores para poder discernir, no sólo a través de la revisión de la historia del cuento, el proceso de trasformación que sufre el cuento y encuentra según los eruditos historiadores en la obra de José María Roa Bárcena, que es considerado como el primer cuentista con identidad mexicana, y después con igual realce al escritor Vicente Riva Palacio. Los autores que perduran en la memoria, generalmente lo hacen por calidad y talento, pero queda la duda de que otros tantos, con igual capacidad, quedaron sumergidos en el anonimato; por distintos aparatos, tales como el político, religioso, económico, La época en que surgen los autores arriba mencionados, surgen en un tiempo de crisis y persecución ideológica. De forma similar que en la Inquisición, pero no al grado de ésta, el gobierno restringía las expresiones literarias del pueblo; sólo que la respuesta a un intento de extinción siempre es recíproco a quien lo trata de extinguir, en este caso si el gobierno trataba de extinguir la expresión al pueblo que escribía, este respondía con ideas principalmente políticas.
El modernismo fue la mayor influencia que tuvieron los narradores mexicanos; es el afán de encontrar en la cultura particular los rasgos que definan la personalidad individual. El modernismo es una corriente que siendo extranjera, provoca en los que la adquieren, una introspección. Es romper con lo antiguo y transformarlo todo en nuevo. Los escritores mexicanos, sabían que lo antiguo era estar vinculados con el extranjero, lo nuevo era buscar en sus entrañas para dar, con todo orgullo, la visión novedosa al mundo de lo que se gestaba en el país.
Como consecuencia se encuentra el realismo. Encontrar desnudez en la sociedad, vista por sociólogos y literatos venidos del extranjero; o con influencia extranjera. Se les califica de antimexicanos por su exilio físico e espiritual, pero lo hacen tan sólo para regresar como los hijos pródigos del país; ya que traen consigo la frescura del alejamiento del ensimismamiento. Aquí se forja la identidad: el reencuentro o reconciliación con lo rural, lo urbano, lo mexicano. Con toda su maraña de supuestos morales, festividades y fervores religiosos, odios ancestrales, ironías, humor, dramatismo, su irreverencia a la muerte, etc.; se acepta la única cara –formada por miles más- que nos damos a nosotros mismos. Después de la aceptación viene la expresión.
El cuento mexicano tiene un origen similar a los de todo el mundo: la necesidad de contar. Pero más que origen, el proceso de adquirir identidad ha sido tortuoso y va acompañado inevitablemente de todos lo procesos políticos, religiosos y sociales en general. El cuento siempre narra lo que le estimulan. La historia del país, abierta o cerrada ideológicamente, ha estimulado el origen del cuento mexicano.
El cuento no es proyección psicológica individual, es reflejo y absorción del ambiente que nos rodea. Es la asimilación consciente e inconsciente de lo que deseamos narrar. En esa asimilación encontramos lo que no va a suceder o a pensarse, la negatividad; entonces, se torna ficción lo que deseamos narrar.

1 O´Connor, Flannery. Paréntesis. junio-julio 2001, año I, número 11, p. 97, El arte del cuento.
2González Casanova, Pablo. La literatura perseguida en la crisis de la colonia. 1ª ed. México, D.F., Ed Secretaría de Educación Pública. 1986 p. 107.
3 Ídem. p. 136.
4 Borges, Jorge Luis y otros (Comp.) Antología de la literatura fantástica. 16ª ed. Buenos Aires. Ed. Sudamericana, S.A. 1999 p.7.

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EL MEXICANO PSICOLOGÍA DE SUS MOTIVACIONES

Santiago Ramírez, ilustra claramente los motivos que nos conducen, y el medio que ha condicionado nuestros actos.

El origen actual surge de una ruptura. La llegada de los españoles escinde la consciencia del mexicano. Le siembra una nueva cultura a la fuerza y lo mantiene mediante un sistema conductual hacia un fuerte arraigo espiritual. El mexicano producto del choque de culturas es el mestizo. Allí se encuentra un origen y causa. El padre español es irresponsable, pues tan sólo utiliza a la india para su placer. Él tiene que importar una mujer peninsular que se mantenga dentro de su canon social y cultural; alguien verdaderamente espiritual. El niño mestizo forma inconscientemente un odio latente hacia la imagen paterna, quien distingue como un objeto total de agresión. Se apega entonces a la madre, objeto total a la que desarrolla una ambivalencia crucial. Se le ama por otorgarle amor al alimentarlo con sus pechos, pero su se le odia también, por no ser fuerte, por dejarse dominar por el padre. Entonces se hace uso de varios mecanismos de defensa: la negación (niega su pasado para protegerse de recordar); la compensación (mantiene una imagen de violencia heredada del padre para ocultar su flaqueza); la proyección (ve en los demás los defectos que no quiere ver sí mismo); la identificación (no encuentra identidad original e imita).

El mestizo mantiene otro mecanismo de defensa que lo estigmatiza fuerte. El de aislamiento. Sabe que nunca llegará a ser español; pero, también niega su parte indígena. Así le es recíproco por parte de los españoles y los naturales. El sólo tiene un camino, el progreso; y el progreso es ser como el padre aunque lo odie. Aprende a ser como él, lo imita. La imagen del padre ha de ser fundamental durante toda su historia. Tratará de repararse con una máscara, el machismo. Aunque el machismo es de carácter meramente varonil y con esto se crea que se excluye a la mujer de la historia, no es así, ya que el machismo lo juegan los dos sexos. El macho necesita de una mujer sumisa, abnegada; estereotipo por demás cansino de la ambigua madre mexicana.

Propone, la teoría de reparación. El mexicano estigmatizado por el mestizaje, moldea su incosciente colectivo. El padre, clave medular, aparece con diferentes significantes. Primero es dios, dador de vida, de amor; pero, a cambio, pide sacrificios, cuando llegan los españoles encuentran que su dios –al contrario del suyo- se sacrificó por los hombres. Este detalle significativo, hace que encuentren afable el nuevo dios y lo adopten a la par. Pero, es a la vez símbolo de la conquista y provoca conflicto espiritual, el único refugio o salida alternativa, es la madre, la virgen de Guadalupe.

La imagen de padre que prevalece, es la del español. Padre sin calor. Se le odia, al no querer recordarlo, se trata de ser como él. Santiago Ramírez menciona a los franceses como símbolo posterior del padre; símbolo de carencia cultural. Ellos son la parte refinada de Europa, que sí se quiere. Después los Estados Unidos, aunque, ellos primero pasan por el rol de hermanos al ser a la par de nosotros, emancipados del yugo europeo; después, se convierten en ideal, en estereotipo. Se les ataca como a todos los padres con el mecanismo de reacción-formación.

Somos la parte baja lumbar de su anatomía. Así nos consideramos y deseamos emigrar hacia la cabeza. No encontramos satisfacción a lo primario, el comer. Escalamos hacia el sueño esperanzador, la frontera. La odiamos, pero una vez cruzada, ser vuelve fuerza que impele y niega lo que está detrás.

El mexicano, entonces, repara con agresión y repite su más temible máscara para no ser víctima, otra vez. Niega, con su valemadrismo, las partes oscuras de su pasado y así, introyecta sufrimiento a su inconsciente colectivo.

Al aplicar las teorías clásicas de la psicología –como el magistral trabajo de Santiago Ramírez- podemos encontrar formas de explicación al origen y conducta psicológica del mexicano.

La teoría de Jung sobre los arquetipos, encaja perfectamente en la creación de símbolos que proyectan la personalidad colectiva del mexicano. La virgen de Guadalupe, que no es sino la continuación españolizada de la madre Tonantzín. Se continúa así la satisfacción de símbolo materno deificado. El chauvinismo que sembró Porfirio Díaz en su afán de unidad nacional. Y en la actualidad, la creación indiscriminada a corto plazo de estos arquetipos es asombrosa.

Alfred Adler nos habla del complejo de inferioridad natural en el ser humano. El mexicano trata de compensar, de sobrecompensar al crear arte y entonces sublima. A parte de la posición general de la inferioridad, el mexicano tiene inculcado el complejo en la sociedad. Tanto se lo dijeron que pasó a formar parte del ideario colectivo. Su estado tiende a la neurosis y fantasea con logros, los cuales, no trata con empeño de alcanzarlos.

B.F. Skinner nos dice que la conducta del ser humano puede estar condicionada por el estímulos y reforzadores. El mexicano ha sido condicionado por la opresión, la manipulación, el engaño. El ambiente le ha propiciado ostracismo. Se le imponen religión y cultura, que tiene que acatar a base de estímulos económicos que le permitan sobrevivir. Se le inculcan ideas independentistas y revolucionarias que son estimuladas por el sentimiento de envidia y reivindicación. Actualmente, no sólo en el país, el consumismo condiciona al ser humano a ser egocéntrico y materialista. El mexicano ha sido moldeado por la historia y ésta ha sido manipulada por intereses individuales.

J. Santiago S. Astrapé N.

(por favor dejen un comentario, se los agradecería muchísimo)

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Todo el Poder

La tragicomedia, es la realidad; o debería decir que la realidad es tragicómica. La sociedad en una ciudad enorme como lo es el D.F., trasforma constantemente su estructura, o simplemente la deforma. Pero, tal parece tan sólo que es proporcional; conforme se extiende la ciudad se extienden sus patologías sociales, ya que si en una ciudad pequeña hay 5 bandas organizadas de crimen, en una megalópolis existen aproximadamente 50 o más; así como también, sus rasgos positivos.

El poder, es tan fundamental en el gobernante para obtener control de sus gobernados y, al mismo tiempo (por desgracia como rasgo cultural) sacar el mejor beneficio personal. Entonces, el poder, tergiversa (por ese mismo rasgo) los roles maniqueos y los confunde irónicamente. La figura de la justicia es ambigua porque en ocasiones es la contraparte, y es más poderosa que aquella, ya que domina ambas esferas. El hampa que quiere establecer un dominio y eficacia total en sus acciones delictivas, le es necesario, tener nexos con el lado “justiciero”.

El sujeto que percibe esta estructura jerárquica ambivalente, se siente doblemente impotente y no encuentra instancia externa a él que sea adecuada a su necesidad de justicia y orden social, le es necesario entonces, hacer justicia por sí mismo; puesto que él precisamente sabe de forma intrínseca qué es la justicia, es decir, que motivos le obligan dar a alguien lo que se merece, en este caso: un castigo. Reniega de las autoridades, pues tan sólo son un monstruo burócrata devorador de impuestos, dada su ineficacia, y así, desilusionado crea una serie de mecanismos que le permitan definitivamente sobrevivir.


Y la impotencia se vuelve solidaria, ya que se observa a los demás padecer lo intricado del aparato de justicia y sus símbolos sociales cada vez más deteriorados (herencia llena de podredumbre a futuros miembros). Pero, a veces no es impotencia, sino, un no acto: la indiferencia.

Pero, ¿porqué la necesidad de delinquir por parte de algunos representantes de la justicia?, lo primero que se puede pensar es que existe una carencia de sentido exacto en cuanto a conceptos valorativos. El rol no les es suficiente, no les basta castigar y surge una necesidad compleja de dominar todo, incluso, el acto negativo. La institución de justicia, es la gran protectora de sus miembros, en este caso los corruptos, que gracias al Estado de derecho, logran impunidad ante los sujetos que exigen su castigo inmediato. Ahora que su gracia es temporal y sujeta a un alto mando, el cual, puede determinar que algún miembro (corrupto) identificado, sea sacrificado como chivo expiatorio, y así, tranquilizar al pueblo demandante.

Entonces, el problema es que la delincuencia puede llegar (quizá ya lo sea) a convertirse en una institución igual de organizada como el gobierno, educación, entre otras. Al parecer, al incluir el término “delincuencia organizada” se admite su trascendencia e influencia en las sociedades; puesto han tenido la necesidad de estructurarse, jerarquizarse y administrar los objetivos delictivos a conseguir, en un tiempo mínimo, y generando, por ejemplo, líneas staff (policías corruptos, jueces comprados, lavado de dinero), que ayuden a mantener su control y eficacia.

El rol funcional de la verdadera autoridad justiciera es por ende, entender primero el nivel de organización del crimen a gran escala, para después desorganizar. ¿Y cómo se desorganiza? pregunta difícil donde es menester volver a reiterar que primero se debe entender su estructura y localizar sus focos de vulnerabilidad y sus altos mandos dentro de su jerarquía. Pero, se observa en esto último, un punto complejo: al derrocar a un líder principal, si la estructura de la institución ha sido sustentada con bases firmes y se ha promovido una ideología firme de “valores” y normas, con objetivos bien claros, la organización prevalece con sus integrantes. Y esto se observa con frecuencia en bandas delictuosas, donde el supuesto líder (la creencia de que si es el auténtico, es ya poco válida dado el asunto aquí tratado), ha sido atrapado y con ello, la banda dispersada; para después observar que se sigue actuando conforme las características de esa banda en particular, y a veces, se atrapa a otro líder nuevo. El caso más común es el narcotráfico. Todo esto referido a un intento de desorganizar desde a fuera. Desde adentro es distinto, bastaría con tener miembros ineficaces o cambiar sus roles y jerarquías extremadamente; el único problema es que se necesitaría tener bastante influencia para hacer esto y al hacerlo la perspectiva común sería la un líder maquiavélico con una doble misión, la de ganar control para después provocar el caos.

La decadencia de una sociedad criminal es en sí; no de todo el crimen. Entonces, después de que se influya o se de por sí misma esta decadencia, es necesario que se reformen los valores por el crimen establecidos en las consciencias. Por ejemplo, un símbolo arquetípico (necesidad de sublimar al héroe) y estereotípico (moda reciente asociada) del narcotráfico: es la alabanza épica de los narco-corridos.

Es quizá un sueño guajiro el pensar que la delincuencia se acabará, pues la patología social es intrincada desde el individuo y siempre ha acompañado a las sociedades, pero la sociología y la organización nos ayuda en mucho a comprender la maraña y “moral alterna” de sus costumbres y así poder influir positivamente en una organización que se enfrente a ella. Sin embargo, mientras, a nivel personal el padecimiento es azaroso e inesperado; las alternativas deben surgir para poder adecuarnos y sobrevivir.

J. Santiago S. Astrapé N.

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Apología por Vórtice

Flotando en un mundo intangible, percatado tan sólo cuando se encuentra ante el vértigo de la inefabilidad momentánea. Después o quizá en el mismo instante, se puede ser sensual. Dejando que los sentidos irrumpan ante la turbación del ego. Entonces de ese instante solipsista, vienen los intentos por nombrar la sensación con metáforas de locura. Ante ello se puede decir que la cordura es acariciada por una flama, o que temblamos sin el cuerpo. Para que pase esto, la experiencia debe ser encontrada en los límites de toda cotidianeidad, quizá en la línea de un horizonte dístico entre el miedo incontrolable de evadir la soledad y el paraíso individual en que nos delectamos por dogmas. Algunos dejan de serlo por ser tan complejos; pero, qué importa sí deleitan.
Lo hermoso al estar vivo, es que la línea de ese horizonte comience a girar desde el centro, y contraiga cuerpo y mente, dando –otra vez- sensación de unión. Qué funda y nos deje disfrutar cinco veces por los sentidos; esta vez, primero por la vista y así girando, interpretemos símbolos logrando alquimias tan jugosas como nuestro universo. ¿Por qué el miedo a ser subjetivistas?, si de todas formas la locura hará milagros con nuestros apotegmas y estos harán –salvo estemos muertos- que sintamos, el vórtice, donde todos nos fundiremos. ¿Desde dónde de desliza la locura?, al jugar con la razón o, del descontrol de nuestros sentidos.

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11 de septiembre de 2006

Voces desde el Vórtice

Esta es una invitación a navegar en mis letras, a darles cobijo con tus ojos.

Lector sera un placer que veas cómo cae el ropaje de los sí­mbolos

J. Santiago S. G.

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