5 de enero de 2007

Muerte Vanidosa

¿Vanidad post mortem? Tal vez: la vanidad es tan fantástica, tan poco “realista” que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados.

¿Una especie de prueba de la inmortalidad del alma?

Ernesto Sabato

Sobre Héroes y Tumbas



I

Felix, angustiado, recorría las paredes, desde hacía ya tiempo en aquella vieja casa; cúmulo de recuerdos de antepasados diluidos en la muerte. Se arrancaba los cabellos, pensando que no valía en absoluto ya la pena de vivir, y que Alejandra seguramente estaría muy feliz con su nueva adquisición y lo habría apartado totalmente de su concupiscencia. Se revolcaba, algunas ocasiones en grescas internas, buscando alguna respuesta, la cual nunca alcanzaba por la desesperación que le perturbaba en todo momento.

Vivía en una de las tantas casas antiguas de su barrio, construida sobre antiguos cementerios de Señores bárbaros. Había conseguido esa modesta casa para poder vivir con Alejandra.

Ahora ella se había marchado apenas una semana. En la cara tumultuosa que logra recordar, sólo atisba unos labios deletéreos que lo hieren con la verdad. Cicuta amarga para despedirse de las calles duras, esas que parecen que el sol recorre como agua de lluvia.

En la noche despierta de la pesadilla que se ha vuelto costumbre desde que apenas lo dejó la sombra que decía amarlo hasta la muerte. La pesadilla lo flagela, lo desgarra y logra que se ahogue en sus lágrimas. Mira hacia el agrietado techo de vigas. Piensa en sus amigos, hace tiempo no los ve. Se imagina como van a llorar, como irán corriendo avisarle a Alejandra y ella, se desatará en remordimientos para después darse cuenta de lo valioso que es él. ¡Ah! Qué gozosos pensamientos, los cuales examina con morbo, una y otra vez. ¡Qué venganza tan nocturna!, debería hacerlo para que pague con esa atadura todo el dolor fluido que le ha causado en las noches petrificadas. Se detiene. Sus padres van a sufrir mucho con su muerte, no sería justo, que egoísta es pensar en la autodestrucción cuando hay personas que sí nos aman. Se duerme, los ojos ya no aguantan más lágrimas, se han cansando y vuelve a la pesadilla.

Se levanta y mira el reloj, es todavía de madrugada, se ha pasado la noche sollozando entre sueños y sus ojos los siente muy inflamados. ¡Por qué Alejandra era tan falsa!, no..., no era falsa nunca más. Ella admitió que su cuerpo le pedía placer y que no lo podía evitar, que era mejor que él lo supiera y no seguir realizándolo a sus espaldas. Había tenido sexo con varios de sus amigos, ¡qué importa ya con cuáles y cuántos!, pero, lo seguía amando, porque ella había logrado separar el cuerpo del alma, y esa alma estaba enamorada de él.

Ahora se ríe amargamente, su moral era otra, se había enamorado de una mujer con la moral totalmente dispar y no la podía aceptar. Maldice la moral ideal que lo hace sufrir. Al fin, ¿serían los ideales deontológicos, ella o él mismo, los que lo habían conducido a la helada noche moribunda en que volaba maltrecho?

Otra vez, se imagina muerto. El momento de consumar su muerte la brinca como una escena innecesaria, era cobarde; sí, dicen que los suicidas son pávidos, pero necesitaba valor para matarse. Mientras, se recrea en la oscuridad recorriendo las calles viejas en un ataúd vetusto, que flotaba sobre una niebla de perdones olvidados en el tiempo. Mira como a su alrededor, una turba familiar le llora e imploran al cielo que regrese. Mientras él sonríe satisfecho y les dice – ¡Ya ven, nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve muerto! ¡Pero miren no estoy muerto!- la gente lo acude y abraza. Se regocija en esos pensamientos, cuando estos se interrumpen abruptamente, cuando sus padres son imaginados llorando por él. Descansa de la terrible batalla que se sucedía en su cabeza adolorida de tanto jalar su pelo. Otro día más se va, ¿cuántos van? Mira a un lado de su camastro y se pregunta si el vaso de agua se convertirá en lágrimas agostadas por su rostro enrojecido.


II

Una noche tomó un libro maltratado que Alejandra había abandonado, tirado detrás del sofá. Cuando ella se rió de él en la mitad de aquella noche funesta, remembrada constantemente. Era un libro del poeta Maiakovsky.

Leía con desgano, con la idea permanente de que en aquellas páginas, se habían clavado la mirada de la mujer que más había amado, aquellos hermosos ojos melancólicos que parecían lumbreras extasiadas escudriñando el universo. Acariciaba página por página, como queriendo iniciar un rito de vuelta al pasado. Su mirada vagaba dando tumbos por las líneas del poeta cuando, leyó al final de la hoja los versos:



“Hay que arrancar,
el goce,
a los días futuros
En esta vida,
morir es cosa fácil.
Construir vida,
es mucho más difícil.”

Su cuerpo se estremeció. Reflexionó durante mucho tiempo esas palabras; releyó el poema entero. Su tendencia suicida se bamboleaba del lado de la cordura al lado sollozante, pasional. Tenía que enfrentar al sufrimiento, no se iba a desplomar tan fácilmente. La vida siempre es difícil y, ”lo que no nos mata, nos hace más fuertes” – recordaba el adagio del consuelo – hay que mirar hacia el frente, ¡ya vendrán otros amores!, los cuales nos consolarán, nos limpiarán las lágrimas. No, es mejor que aún no, se necesita estar sanado de esta herida y sólo así se podrá realmente amar.

Una sonrisa le iluminó su solitario rostro. Decidió entonces salir a dar una vuelta a la ciudad para despejar la mente y desenredarse con lo trivial. Caminó durante largo rato, hasta que, como fulminante rayo, sus ojos y su alma recibieron la descarga de ver, a su antigua amante del brazo de un desconocido. No era coincidencia, pues el caminar por las calles que ella frecuentaba, hacía inevitable que él llegara a presenciar esto. El fantasma lo volvió a posesionar. Con la mirada vaga se fue a sentar junto a la iglesia.

Las hojas del jardín parecían caer más lento, y sus ojos acompañaban su lento descender, se humedecían hasta perderlas de vista. La tarde caía con su montón de enamorados fugases, a los cuales se odiaba y a la vez se menospreciaban, porque eran ilusos, porque no conocían, no contenían la otra cara del amor, la cual en es ese instante le corroía el recipiente donde guardaba sus recuerdos llenos de un edén que agonizaba.

Se preguntaba el porqué era tan débil, otras personas ya han pasado por esto y seguían en pie, o, aparentan estarlo. De qué lugar sacar fuerzas, si todo lo centró en el amor. Creyó que ella por fin sería la redención a todo dolor que había sufrido desde su infancia.

Sacó de su saco un papel donde estaban escritas las palabras que ahora necesitaba con fervor, era un mensaje de Alejandra por su cumpleaños, le daba explicaciones por no poder estar con él. Al final de este le decía lo mucho que lo amaba. El viento comenzó soplar con furia, le arrancó con fuerza el papel para perderse entre la gente que salía de la iglesia con campanas dobladas.

No soportaba más sus pensamientos autopunitivos y deseaba contárselo a sus amigos más cercanos. Fue de casa en casa pero no encontró más que a uno que lo recibió con prisa. Le oía a medias todo lo que deseaba desahogar, dándole remedos de consejos. Mientras transcurría esto, desilusionado –aún más- se sintió que no tenía amigos. Salió de esa casa inventando un pretexto. El otro le dijo al despedirse: “todo tiene solución menos la muerte”, mientras lo invitaba a comer al día siguiente. Volvió a refugiarse en su egoísmo causado por el egoísmo de los demás, la idea de su muerte.

Caminado por las calles se dio cuenta de que no tenía los medios para acabar con su vida. Era quizá la prueba de que si los tuviera, no tendría el valor de terminar con su vida. ¿Qué pasaría si tuviera los medios accesibles? Reflexionó, no hacía falta una pistola u otra arma.

Muy pronto todos se darían cuenta de lo que él valía; pero principalmente ella, que lo despreció, la que lo engañó, y lo hizo ahogarse en la desesperanza. Todo por entregarse tanto a ella, a la persona equivocada, y ¿quién sabe quién es la indicada?, él ya no lo sabe.

III

Quizá fue Eolo quien en fatigado silbar lo empujó hasta este acantilado rodeado de estrellas. Las nubes se van esparcidas con un canto gimiente, amargo, tan salado que recordaba el agua del mar de una primavera cuando todo era perfecto, cuando ella reposaba al lado de su espíritu. Pero esos son sólo recuerdos que desgastan el aire enrarecido del alma que quiere morir, poco a poco.

Mira sus pies, están muy por encima del despeñazo. La altura lo marea y le perturba la idea de arrojarse a los brazos del abismo que le llama con su cálido sabor de olvido. Es un refugio del frío infinito que le cerca al corazón desolado. Piensa, mientras mira hacia las únicas testigos que parecen condenarlo, estrellas de la cúpula de noviembre; piensa que esos son los últimos instantes. Busca en su antitesis de cornucopia, los recuerdos más tristes, y quiere alimentar su frenesí, ¡ir a la par del bóreas más furioso que ha sentido en su vida!, ¡volar en el instante mismo del trueno y así, emancipar su vida!

¡Ah!, el vino de la pasión maldita. Renacida con las lágrimas de los cuervos, que sacaron las pupilas observantes del cuerpo desnudo del amor.

Se postra entonces, abatido, en el nocturno altar que su dolor ha construido. Para qué vivir si el momento ahoga, si todo se comprime en un segundo de locura. La muerte aguarda detrás de un árbol, espera que abandone el último suspiro enamorado de la vida. Ella espera mientras él tiene su cabeza cargada de nubarrones apunto de estallar en una tormenta de abatimiento. ¡La vida!, de qué sirve para un desilusionado que llega a sentirse un mortinato enloquecido, un vencido por la mano inmensa de el amor en agonía. Nada se espera, cuando se siente caminar en un mar de púas, y ya no provocan el menor miedo de entrega hacia ellas, ¡hacia la inmolación! Minúsculo hecatombe que quizá será olvidado, pero que aliviará el dolor perpetrado.

Se siente ya la caída, todo gira; voces de la infancia le recuerdan los días felices, mancillados, oscurecidos, mutilados. El viento se siente fuerte en el desplome, le congela el alma y se abraza refugiándose de la inmensa avalancha que le abate sus ojos y logra arrancar una carcajada de sardónico sufrimiento.

IV

Despierta. La noche ha pasado de súbito y se encuentra en otro lugar al que vio por última vez. No hay árboles, parece que los arrasó el viento. Se da cuenta de que no puede moverse. Siente un fuerte dolor en la espalda que se le trasmite a todo el cuerpo, su cabeza la percibe mojada y todavía no la puede mover. El pánico se apodera de él, se da cuenta que resbaló, que se arrojó, y ahora está al fondo de la cañada. ¡Maldito impulsivo!, todo fue real, la conmiseración en el remolino, las lágrimas salvajes que atizaban las piras del encarnizamiento con la muerte. Se aquieta,- ¡qué otra cosa puede hacer!- de su mente encrudecida salen llamas que lo flagelan. ¡Va a morir!, por cuánto tiempo lo caviló con morbo y ahora, es tiempo de que la enfrente de verdad .Oscuros designios no le permitieron morir con el rápido veneno del áspid que siseaba desde el abismo, para ahora darse cuenta de su acto. Es eminente, su aliento es cada vez más precario, esta seguro de que cruzará la delgada línea metafísica y nunca más podrá imaginarse que muere, quizá, soñará que vive. ¡Dios!, ha olvidado a sus padres.

El aire se acorta, su pecho se agita y todo se pone borroso. El dolor es intolerable, hasta que finalmente lanza un profundo suspiro - último suspiro enamorado de la vida – para que todo se apague. Quizá todavía tenga tiempo de evocar al último sueño.


Sopla, sopla el cúmulo de átomos invisibles en el agua oscurecida por las estrellas; murmuran las olas sardónicas su triste canto, su encanto maldito, delicioso, sombrío... Se ha perdido la inercia y he quedado vedado en las aguas de la reflexión, tambaleado, donde también sus piernas corrieron frenéticamente desde la empedrada precipitada del desencanto... Recuerda la siembra de la flor fatua, era hermosa y sempiterna sin deshojarse siquiera, la cuidó con esmero en el jardín fantaseado.

La regaba con inocencia y mansedumbre, la admiraba en los iniciales recovecos del dogma. El recipiente era inmaculado, ¿forzosamente, tenía que llenarlo? Un atisbo del dolor inevitable y aún inédito, el ámbar dístico lo dejaba ver, sin embargo.

Suavemente alejado, tiernamente conducido en un río parsimonioso e imperceptible, viajando en una concha susceptible y endeble, que todo dejaba, menos detenerse a contemplar ese desmesurado campo. Mas qué era todo, sino cansina poesía, devoradora de inmortales visiones miopes y sublimes, entonces. La ascensión por la empedrada me lo purificado, porque sus manos aunque desgarradas, aún sienten; aún las texturas de la materia se hacen presentes en ellas y se tienden como mortuorio manto... delicado.

Lentamente Felix vuelve a abrir los ojos y descubre con asombro que se puede mover sin dolor alguno. Tal vez todavía este soñando.

Camina un tramo, decide voltear para observar la escena de aquel terrible hechizo que le sirvió para invocar al demonio del suicidio. A la lejanía sólo descubre su cuerpo destrozado.

Todo lo entiende ahora. Se quiere mirar, pero, la ilusión de ver su cuerpo se desvanece con rapidez; al cabo de un momento ya no ve nada de él. Tiene unas ganas inmensas de llorar, pero ya no puede. Piensa de inmediato en Alejandra. Confusamente ahora se encuentra dentro de un tornado negro mezclado en rostros, lugares, olores, tiempos... Llega a un lugar donde Alejandra está dormida. Seguramente no se ha enterado de su muerte. Piensa ahora en sus padres y de la misma manera llega hasta ellos. Sollozan, con sus rostros marcados de haber llorado durante mucho tiempo. Mira un calendario y observa que ya pasaron días de su transmutación. Siente el miedo mas no los escalofríos. ¡Qué locura ha hecho! Su padre voltea al cielo en busca de él, de sólo un atisbo de su presencia, y Felix vuela para toparse con su mirada para cuando, su padre, cierra lentamente sus ojos, apretándolos para exprimir una gota más y bajar la cabeza para seguir consolando a su esposa.

No sólo sabe en ese instante, el significado exacto de la palabras “demasiado tarde”, sino le llenan de angustia y le otorgan la certidumbre de que su carrera en lo escatológico se ha acelerado.

Va hasta donde está Alejandra, la encuentra dormida una vez más. Se acerca donde sus labios secos creen besar. Descubre, que no está sola, un brazo la cobija y Felix trata de buscar el rostro y ve morir los últimos rasgos de su vanidad. Es el último amigo al que visitó. Aún siente dentro de su alma, y todo es odio, apatía, rencor, no, no han muerto sus demonios con la caída y trata de asir con sus manos invisibles el cuello de Alejandra. Ella se revuelca en la cama victima de una terrible pesadilla y logra despertar a su acompañante que la trata de hacer reaccionar. Pero ella no despierta. Felix ve que el tornado donde se agita desde que murió, se torna rojizo y en una de sus venas ve aparecer a Alejandra y lo mira sardónicamente, para después ser devorada por el vórtice. Olvida lo que es el amor, se desprende, no le importa condenarse, olvida que es el perdón, pero conserva la tristeza, el remordimiento de la última visión de sus padres. El también siente la fuerza, destellos luminosos lo apabullan violentamente alrededor y lo fustigan diestra y siniestra en un réquiem de venganza por la vida que él, todavía añora.

Alejandra, agitada se despierta empapada en sudor, y se da cuenta de su soledad; otro amante que prefirió irse en medio de la noche. Soñó con Felix.

Observa por el ventanal de enfrente y mira una tormenta eléctrica alejarse en la lontananza nocturna. Levantándose en vela por la tormenta, se dispone a escribir un cuento de suicidas.

J. Santiago Silva G. Astrapé N.

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La Jaula del Cura


“¿Qué es un fantasma?, pregunto Stephen. Un hombre que se ha desvanecido
hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.”
James Joyce
Ulysses




Mi padre me prohibió verle. Después de que el brigadier Calleja se riera frente a su rostro descompuesto y dijese gritando al cielo toda su venganza en un grito de victoria; la cabeza quedó a la vista desde mi habitación. Las palomas quienes primero lo esquivaban, después lo amenazaban por las mañanas, así que las espantaba a guijarrazos traídos por la nana. Creo que le hacía más daño yo con mis guijarros que las palomas con sus suciedades. Yo no sé por qué mi padre no quería que viera la cabeza, si ya he contemplado suficientes atrocidades junto al río. No creo que mi espíritu se perturbe aún más. He crecido de pronto, cuando vuelvo a oír un disparo, siento que se incrementa mi edad. Aquel día de septiembre escuché el desplome de mis días, además de ver personas evacuar sus años por sus boquetes sangrientos. Y el Viejo piensa que no era prudente verla; más bien, creo que siente vergüenza de no poder pelear siquiera por su mísera y temporal comodidad. ¿Que cómo sé que es temporal?, basta salir a la calle y ver por la plazuela a la gente apresurada yendo a comprar su tabaco en la alhóndiga. Sus rostros son viejos y arrugados hacia arriba del entrecejo. La furia de los “insurrectos”, como ahora les llaman los cobardes, fue ominosa e inclemente. Aquel día, vacíe mis fuerzas por mis intestinos varias veces al sentir la lluvia de plomo procelosa. Me sentía tan impotente y me fustigaba con ideas suicidas, pero era tanto el miedo. Me consolé pensando que de héroes aquel día sería ahíto. Ha pasado un año y el cura se petrifica en una jaula, colgado con una escarpia de la esquina; pero no es el único, hay otras cabezas de facciosos. Me habían dicho que ésa, era del cura. Nunca lo conocí y, me lo ha presentado la muerte, con su peor cara. Hidalgo me miraba con sus cuencas vacías.

Estoy seguro de que era él. Había acomodado mi camastro hasta poder contemplarlo por las noches. Memoricé las cicatrices de su cara inmolada; sus rasgos perdidos los inventé; del color de sus ojos hice una turbia luz; al poco cabello le atestigüé su blancura y rebeldía. Sus labios era lo que más me atemorizaba pues no sabía que palabras podía proferir tal personaje. Sabía poco de valentía, el miedo fue mi seudónimo y el coraje tenía buen sabor, pues siempre me lo tragaba. Cuando escuchaba de grandes empresas, me escondía dentro de mí, hasta que el galope de hazañas se sosegara. Si creía que los riesgos me eran ajenos, ¿porqué sentía desasosiego en mi espíritu?, más aún, al ver el rostro desfigurado de un reaccionario que murió por nada. Y si éste luchó tan sólo por sentir erizada su zalea, o por entregar su cuerpo, (y vaya que lo entregó) al inicio de una pelea por la justicia y libertad, solamente me es símbolo de lo que no soy.

Él está a punto de ser fantasma; siento que todavía no lo es. Y yo, con mi nula potencia al arrojo, me siento muerto al no poder morir correctamente en esta vida.
Desde esa noche presentí mi destino oculto. Lánguido, después de una jornada incierta y casi etérea, las luces del pueblo me parecieron devoradas por la testa solitaria del insurrecto. Comenzó la noche desde mi ventana. Después de meditar en la oquedad de mi hastío, atrapé el sueño y decidí volcarme en él con esperanza. De los sueños comencé.
Monologaron mis ansias un tiempo sin intervalos conscientes hasta llegar al diálogo con el Cura. Por fin, tenía cuerpo. Por inercia busqué el mío y, ¡no estaba!, flotaba desde la esquina de la calle y lo miraba a él, quién alargó sus manos blanquecinas y, desde la ventana, me arrancó de la escarpia. Desperté e inicié el ciclo repetitivo de mis noches. Me impregné tantas veces de la misma imagen hasta creer con todas mis frustraciones, que era un mensaje. ¡Qué más podía ser!, todo parecía estar claro. Una misión me era dada por el principal insurrecto, a través de mi ventana, con un lienzo onírico. Esperé, pues de pronto no volví a soñar aquel momento. Pero no fue mucho; entonces, llegó la claridad. Ese día, no desperté sino hasta la tarde.



Aguardé al instante cuando el silencio aturdiera las calles y aprovechando un cambio de guardia. Creo que era pasada la medianoche y, trepé trémulo hasta la cabeza. No voy a contar cuantas veces dudé en el transcurso de la tarde mi osadía, pues mi decisión nubla todo lo demás. La habitación misma me parecía girar enfrente de la bodega, como ruleta. En cada vuelta veía por la ventana aproximarse una oportunidad, pero, mis carnes me impedían algún movimiento. Cada vuelta fallada era tan aciaga que creo preferí arrojarme por la ventana a soportar otra ronda más de frustrado tormento. Los muros del granero eran altos, así que recurrí a un bastón largo con palos atravesados a modo de escalera. Cuando estaba a punto de llegar, escuché una voz que me aterrorizó y me quitó la poca cordura que conservaba. La voz gritó que hurtaban una de las cabezas y yo sin voltear, escuché como se alejaba corriendo sonando los cascos de sus botas, lo cual me dijo que era militar. Decidí ser un hombre, justo como del que sostenía sus restos, para dejar de ser un fantasma. Bajé rápido, pues resbalé y caí al empedrado. Huí hacia la oscuridad y repasé mi misión. No podía fallar, pues los guardias no iban a tardar mucho en encontrarme. Agitado encontré un paraje en la oscuridad y contemplé, junto con mi vaho, al caudillo y le imploré con infinitas ansias me contagiara de su pasado coraje.

Me impelí más por las circunstancias que por mí mismo, además contaba con un talismán poderoso; el sólo hecho de sentirlo, me daba bríos para cumplir con mi destino. Entre las penumbras y salteando ocasionales transeúntes, llegué al lugar. El olor a pólvora estaba impregnado en mis recuerdos violentos, así que aproveché esa inercia y quise ser violento. Me sentía a la par, eufórico de tener voluntad. Descubrí días antes en ese sitio, un soldado reprender a otro por encender tabaco allí, diciéndole las consecuencias peligrosas de hacerlo. Ahora yo estaba seguro de que esa casona era entre callejuelas un depósito nuevo de armamento y municiones. Llevaba conmigo dos trozos de pedernal y algo de pólvora vieja. Debía actuar rápido. La cabeza me daba trabajo extra, así que fue mejor para mí, (y para mi ulterior desgracia) dejarla en un nicho de la construcción que era suficientemente oscuro. La dejé, pero primero me santigüe con ella lo necesario como para no sentirme desvalido. Con mis piernas caminando como en pantanos, y la garganta reseca toqué la puerta. No me abrieron. Así permanecí por largo rato. Una mezcla de resignación, alivio, cumplimiento prematuro y frustración me embargó; hasta que llegaron los milicianos. Al verme sospechoso me introdujeron inmediatamente adentro.

Me interrogaron durante varios minutos, pero al verme lleno de pánico se burlaron de mí, diciéndome, rapazuelo mestizo de mierda. Eso me enfureció y busqué mi objetivo. Lo encontré, era apenas un talego de pólvora, la cual se salía por una costura. Pero, otra vez me detuvo mi pavor. ¡No hice nada! Cuántas veces iba a postergar mi encuentro con la gloria. Me interrumpieron en mis pensamientos conmiserativos. Riendo, entró un guardia gritando que había encontrado la jaula con la cabeza. Me acerqué a la pólvora sin pensarlo más y choqué mis dos pedazos de pedernal. En ese instante recordé que después de entrar allí, no tenía ningún plan en absoluto. Todo se enrojeció y sentí que volé lejos, muy lejos, a través del tiempo, de mis miedos, lejos de mi anciano padre, de los muertos del granero, de la cabeza del cura.

Hoy, desperté sin piernas y con la piel ardiendo, en la putridez de esta celda. Me es difícil recordar todo esto. La fiebre es el infierno de mis poros. El tiempo que he pasado aquí me es ignoto. No quiero dormir y lucho con mi cansancio, deleitándome con mi hazaña. De una u otra manera me matarán; sin embargo, creo que ya tengo una certeza de la forma de mi muerte y doy gracias infinitas a Dios por ello. He escuchado hace algunas horas decir a los guardias realistas que, la jaula del cura Hidalgo, debe tener una cabeza.

J. Santiago Silva Grimaldo Astrapé N.


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3 de enero de 2007

El ropaje que cae




I

Ante el metal, -música de transgresores personajes atípicos a la media-, se ofrece alivio al temperamento enardecido. El temperamento está unido al gusto musical, la somera –valga el término- predestinación del escucha. Es esa tendencia innata la que otorga caminos para poder acoplarse con posterioridad a los ritmos que acompañan a las notas, ya no sus melodías, sino ese matiz de intensidad que las hace camuflarse ante oídos confundidos, que quizá carezcan momentáneamente la posibilidad de percibir la melodía ulteriormente, sin ritmo, aislándola, para luego –una vez escuchado música desnuda- sumárselo alegremente.

Quedan eximidos ante mi neurosis (o escrito fascistodie): las personas que no pueden escuchar ritmos frenéticos, violentos, tribales, sincopados e intrincados, puesto ellos, gozan de un temperamento dócil, quizá callado, o acertado a escuchar bellos adagios, lentas melodías o, quizá, su oído necesite de que el tiempo transcurra lento para poder disfrutar con calma la música. He buscado eximirme a mí mismo pues, al tratar de comprender que, dichos Sujetos del temperamento sosegado, no encontrarán paralelismo en un ritmo acelerado.

Pero es menester saber que realmente gozan de ese temperamento o, que ellos se sepan libres de influencias mercadológicas o necias colectividades, que perturben o hagan creer que la música, es tan sólo–tristemente- un consuetudinario Fondo escueto donde se dibuja la Figura de sus vidas.

Luego, si además, aún de que el ritmo era tranquilo, aquellos escuchas, no soportaban la melodía apaciguada, alegando disonancia, provocación de ansiedad, o mero disgusto. Su estado anímico actual, su tendencia preconsciente a escuchar música que “los alegrara”, no era compatible con lo que escuchaban; pues bien podría ser dicha música: fúnebre, triste, macabra, exótica, extraña, o conteniendo todas sus inexpresiones en la adjetivación universal más recurrente y simple: fea. Simplemente no era necesaria dicha música, no cumplía con la función que supuestamente, “debería” cumplir, la de alegrar los corazones o provocar, sí, tristezas, pero permeadas con letras sentimentaloides -o plagadas de cuasi dichos populares - que provocaran la melancolía más autoconmiserable y aceptable por las masas. Quizá, sean ellos como sentencia Wittgenstein, unos ciegos del significado, personas tal vez que, no pueden entender la riqueza de la ambigüedad de la percepción, del significado múltiple, y que tristemente, no tienen oído musical desarrollado.

En fin, el momento es marcado para que cuando ellos sientan amenaza por otro tipo de música ajena, digan su mayor intelectualización: “en gustos se rompe en géneros”. Dicho esto, se enaltecen por proferir una verdad máxima, inapelable, para luego ver con satisfacción que los demás le condescienden asentando sus cabezas y viendo al otro, que quiso atreverse influenciar banalmente con sus muy particulares gustos, su sosegado espíritu, amoldado, estable, meditado, consolidado; alienado conforme por tanto. Sin embargo, otra vez debo hacer referencia aquí a la posibilidad de que realmente exista dicha alienación, la de la influencia mercadológica y que el “gusto” musical sea mera adaptación a su contexto social. Si no existen tanto para el ritmo y pulso, en conjunto con la melodía -por citar algunos elementos claves en cualquier música- una influencia por el sentido común y la simple adaptabilidad, se puede hablar de que el escucha realmente ha percibido la música como una parte fundamental del espíritu heurístico y que ha hecho caso a su temperamento y, luego ha tenido apertura a nuevas evocaciones o ensoñaciones no importando, lo “extraño” que pueda resultar la experiencia al escuchar nueva música.

Por lo tanto, puedo hablar de que existe otro nivel para ese escucha, un nivel en el que podría, incluso, proferir altivo: “en gusto se rompe en géneros”, puesto ha buscado estremecedora calidad que lo satisfaga individualmente. Opeth puede entrañar a ese escucha ulterior.



II



Opeth, busca escuchas de múltiples temperamentos, que a su vez, busquen ensoñaciones y sentimientos múltiples. Opeth, la flor que nace en el frío, el símbolo que condensa almas.

Hay que aceptar que su condensación como abarcamiento, es limitada. Muy pocos, relativamente, poseen la necesidad catártica del desenfreno, la lujuria en constante gresca con la muerte, la esencia, lo equidistante, la tensión que puede provocar la claridad. La hora cero de las emociones.

Para qué sólo evocar una emoción, o dos, por qué no contrastar las muchas que pueden ser, incluso, en un minúsculo encuentro con lo amado o lo odiado. Por qué la insolencia de lo lacónico, ante la posibilidad de la música. Opeth, en su quinta observación, “El Parque de las Aguas Oscuras”, en el cuarto acto, “El Ropaje Cae”, se enciende la pira donde comulgan: la conmoción del enfrentamiento con el Sí Mismo; la dolorosa honestidad de descubrirse y ver los huesos; la intensidad poética de la incertidumbre; el lamento que significa dolor; el sonido que puede significar lamento; la violencia gutural del monstruo que aunque susurre hace que el corazón se despedace; el frenesí del derrumbe de la gran montaña de la locura; la arrogancia suprema del grito desgarrado ante el delicado cántico; el pecho inflamado por la furia, asesino de patéticas abulias. Y tanto más, que cual universo inasible, empequeñecido desde mi ventana, imagino iluso que existirán en cada espíritu escucha.

Las letras de su música, sin sonido, son despojos, atisbos inconexos, insignias pobres. No aspira a ser poesía –verdad de perogrullo- cada símbolo es impenetrable al estar desnudo musical. El significado proviene de la tempestad de cada armonía, escala, rasgueo; es la percepción del aspecto. Que dancen las imágenes redescubiertas en cada escucha.

Los rasgueos cabalgantes del inicio, traen de inmediato, deslizante por la guitarra, la elegía en nota precisa. Borbotones de desfallecimiento que lo elevan y gritan. Cuando termina la ebullición del sonido, los ecos columpiándose asechan temibles desde las sombras vocales. De súbito, el asecho se disipa, y se asesta un machetazo que reclama, el no desamparo, la guía, aún o tan sólo a través del sufrimiento. Para asentarse otra vez, delicado en los mismos ecos translúcidos, dotados de sinestesia, para que la voz diga algunas preposiciones de la angustia y luego, en lugar de clamar con palabras, nos dé la ambigüedad, la libertad de interpretación: “guíame en el...”, la voz se despoja del lenguaje, de lo preciso, del conocimiento, sólo quiere reflejar la experiencia. Estremecedor.

La vorágine que continúa, blasfema desesperada; es la confusión ante ese misterio, no se puede disfrutar porque puede un misterio no ser hermoso. A pesar de renunciar al pensamiento, el miedo, lo es también, por el no sentir. La furia sin ataduras, el resplandor del temperamento brutal, el poder siniestro devastador de parsimonias. La fuerza que enfrenta al demonio, sin piedad, por ser otro con alas más largas. El macho cabrío transfigurado en dragón.

Y como si se contemplase desde la lejanía una estampida de emociones, por la niebla que combina los fluidos del alma, viene otra vez la elegía en la guitarra, otra vez la efervescencia que clama armónica. Y se desvanece. Quedo turbado creyendo todavía comprender algo, con mis certezas reblandecidas, y mi espíritu desahogado.




The Drapery falls

Please remedy my confusion
And thrust me back to the day…
The silence of your seclusion
Brings night into all you say…

Pull me down again
And guide me into pain

I'm counting nocturnal hours
Drowned visions in haunted sleep…
Faint flickering of you powers
Leaks out to show what you keep…

Pull me down again
And guide me into…

There is failure inside
This test I can't persist
Kept back by enigma
No criterias demanded here
Deadly patterns made my wreath
Prosperous in your ways
Pale ghost in the corner
Pouring a caress on your shoulder

Puzzle by shrewd innocence
Runs a thick tide beneath
Ushered into inner graves
Nails bleeding from the struggle
It is the end for the weak at heart
Always the same
A lullaby for the ones who've lost all
Reeling inside
My gleaming eye in your necklace reflects
Stare of primal regrets
You turn your back and you walk away
Never again

Spiralling to the ground below
Like autumn leaves left in the wake to fade away
Waking up to your sound again
And lapse into the ways of misery.



El ropaje cae


Por favor remedia mi confusión
Y empújame atrás al Día…
El silencio de tu aislamiento
Trae noche en todo lo que dices...

Jálame otra vez hacia abajo
Y guíame en el dolor

Estoy contando las horas nocturnales
Las ahogadas visiones en recurrente dormitación…
El parpadeo débil de tus poderes
Se gotea para mostrar lo que guardas…

Jálame otra vez hacia abajo
Y guíame en el...

Hay un fracaso adentro
Esta prueba no la puedo persistir
Mantenido lejos por el enigma
Ningún criterio aquí exigido
Los modelos mortales hicieron mi corona
Próspero en sus propias maneras
El fantasma pálido en la esquina
Está vertiendo una caricia en su hombro

Confundido por la inocencia sutil
Corre una marea espesa por debajo
Enterrado en las tumbas internas
Uñas que sangran del forcejeo
Es el fin para el débil de corazón
Siempre lo mismo
Un arrullo para los que han perdido todo
Devanando hacia dentro
Mi ojo brillante, en su collar refleja
La mirada fija de pesares primitivos
Te vuelves atrás y te alejas
Nunca más

Levantando espirales con tierra debajo
cual hojas de otoño dejadas en la estela para marchitarse lejos
Despertándose otra vez a su sonido
Y dejarse transcurrir en los caminos de la miseria.


 

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2 de enero de 2007

Un cielo lleno de estrellas

Esa noche no fue así. El otro día, sí buscábamos contentos y algo ebrios, las constelaciones aglutinadas entre la vía láctea. Esa noche venía con mi pie lastimado caminando entre camino pedregoso y lluvia, me había despedido ya de esa linda niña del vestido rojo. Entré naturalmente de improviso a la casa rentada donde esperaba dormir, o acaso no, puesto mientras caminaba paralelo a la playa, con casas de por medio, deseé mojarme un pequeño rato en las olas, bajo la lluvia. Pues bien, entré y salí rápidamente, puesto mi cama era ocupada por una pareja que se daba caricias. En la otra cama, de otro cuarto, alcancé a atisbar sólo unos pies que se engarruñaban, no quise investigar más, y proferí: “llegué en mal momento, me largo”. Y me fui a la playa.
Era la noche del viernes, cercana a la media noche. Habíamos concluido casi nuestro gran festín de todo el día, mariscos a reventar, cerveza, brandy, tequila, las dos últimas que no probé por falsa prudencia. Luego, algunos se marcharon a seguir la bacanal a otros sitios del pueblo más cercano. Así, me marché de ese jardín donde sucedieron las mismas estupideces divertidas de siempre: jugamos a pelear, hicimos actos de vandalismo en el sitio, cantamos, nos contamos secretos cerca la alberca, discutimos banalmente nuestras conductas, y nos dimos la mano. De pronto se fueron para calmar los actos vandálicos del momento (una palmera había sido derribada) y me dejaron casi solo. Discutí otra vez en un arranque de “bien intencionado fascismo”, con una persona que era el chivo expiatorio del viaje -quería yo que ella fuera consciente de aparente apatía y malestar ante los demás-, al ver lo inútil de mi acción decidí irme a mi habitación, me despedí entonces de la linda mujer del vestido rojo junto a la puerta de su habitación, ella me dijo que si podía caminar y además que la lluvia estaba muy fuerte, le dije feliz que era el momento de ir a descansar mientras me iba.
Y realmente descansé, frente a esa pleamar lluviosa. Primero cuando llegué pensando tardarme lo suficiente para que salieran de mi cuarto aquella pareja ocasional, me quedé parado tembloroso un momento en la arena, observado quién había en la playa, pero estaba vacía. Sólo las luces de las casas y los hoteles a la lejanía, lo iluminaban todo endeblemente. El cielo estaba cerrado, a las estrellas, mas abierto en torrentes. Mi ánimo estaba tranquilo, me sentía contento, casi feliz, entonces, creo no sin hacerme cuestionamientos, que decidí que era el momento para llorar gritando como hace mucho lo necesitaba. ¿Pues qué no era el contexto adecuado? ¿Qué no era el mejor sitio para no ser juzgado?, podría bien serlo o no serlo, cualquiera puede opinar lo que quiera, yo lo quise así, porque mi dolor necesitaba ser expulsado a algo tan grande y salvaje con el mar de esa noche. Levanté mis puños queriendo lanzar rayos por ellos, lloré abrazándome, estando conmigo. Sí, lo reconozco, no me importa decir que busqué todo rescoldo de angustia para que fuese expulsada, toda tristeza que no ha sido olvidada. El mar de la soledad es el más entrañable abismo. La marea subía peligrosamente, llegó a jalarme varias veces, y pensé en Alfonsina. Cavé en la arena sentado y me afiancé en ella, las olas me lavaban calientes y la lluvia intensa me golpeteaba la espalda. Poco a poco, al unísono de la las gotas célicas, mi espíritu fue amainando. Deseé ya no estar solo, pude respirar por fin, la brisa tenía un perfume anhelado. El mar seguía tronando esténtor, majestuoso, terrible, imponente fraterno. Más de una hora le di al mar mi carga, él la recibió entre su oscuridad, su isla entre violencia. El agua a veces me la devolvía para que observara sus despojos y así, aprendiera
Me paré lentamente entumecido, lleno de arena, como si muchos kilómetros hubiese recorrido frenético. Me fui caminando de espaldas, realizando una despedida de hermanos. Sí, el mar condensó a mis hermanos caídos. Clemencia impresa en mi memoria.

Sky full of stars


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