17 de octubre de 2006

Ensayo sobre cambio de domicilio

“Sólo no cambian los muertos”
Irvin D. Yalom

Se instaló un nuevo vecino por la madrugada, bajó sus pocas cosas con lenta parsimonia; evitando -según él- hacer el ruido con que me desperté.
La frecuencia con que arriban nuevos vecinos se incrementa y cada vez me parece más cotidiano. Son tantos los edificios departamentales que me circundan, además de los terrenos y fincas antiguas deshabitadas que es común -gracias a la depreciación que sufre la zona- circulen habitantes, que bien pueden durar desde una semana hasta “toda la eternidad” en quedarse. Me gusta pensar ilusamente que son fugitivos, y que el barrio es de refugiados. Bien me puedo imaginar que han cometido crímenes graves o actos que los han desprestigiado y simplemente tuvieron que mudarse de casa. Sé que desde la simple circunstancia de no tener para pagar la renta los puede obligar a buscar una nueva vivienda. También repaso otros factores de poca trascendencia o que no tienen que ver con alguna huída, como pueden ser: la búsqueda de una casa más grande; la molestia de vecinos ruidosos o constantemente ebrios; exceso de goteras y un casero irresponsable (además de un habitante inútil para reparar el techo); la molestia de vivir junto a una calle con exceso vehicular; vecinos con niños molestos; la situación aciaga de un incendio que destruyese el patrimonio; la autorización de algún crédito financiero que permita adquirir una casa, aunado al deseo peculiar de querer vivir precisamente en esta zona; el deseo fútil de querer desnudarse sin que el vecino de a lado pueda observar; o el deseo fútil de que querer desnudarse para que el vecino de a lado pueda observar; alguna casa más espaciosa; o para terminar mi enumeración, el más nimio capricho de mudarse de casa. Ahora que, la huida puede comenzar desde el mismo hecho de no tener para pagar la renta. Y terminar por la muerte misma.

Todos –ilusos- piensan que pueden comenzar otra vida; como si la vida condicionara su renovación, absolutamente al hecho de despertar bajo otro techo. Se les nota en los rostros, cuando al salir por primera vez después de la primera noche, se sienten observados y caminan un tanto inseguros por la acera, al tiempo de que creen respirar nuevos bríos y que bien valió la pena la decisión. Se llenan de adivinaciones acerca de quién vive alrededor. Pero sospechan ante cualquier mirada furtiva. Quisieran, muy en el principio, que se supiera sin necesidad de alarde, su buena voluntada de vecino y que (ya) no provocará conflicto alguno. Quisieran que con sólo sus vibraciones se llenase su nuevo hogar, para marcarlo, así, como el animal que marca su territorio. Desean (algunos lo hacen) colocar letreros para informar que allí viven. Confieso, cuando lo hacen, vivo más tranquilo. Porque a mí, no logran engañarme fácilmente. A lo largo de mi tiempo, he tenido experiencias muy variadas respecto a mis vecinos temporales. Pero la más significativa fue la mía misma. Cuando el destino me empujó hasta este lugar detestable. No quiero contar mis causas, porque ya no estoy seguro de que fueran totalmente mías, además, no me da la gana. Cuando la gente comienza a platicar de sus causas, se desnuda hasta lo indebido, hasta los huesos.
Pero, está bien, las voy a contar, -hace años el doctor me dijo que lo mío se denomina psicastenia, vaya palabritas técnicas, odio los tecnicismos, hacen sentir a los demás ignorantes; la ignorancia debe ser ganada por algo más que no entender esas detestables palabritas- de acuerdo, pero siento que después me voy a arrepentir.

Mi casa era la de a lado. Pero, qué es lo que digo, todavía lo es. Es mi propiedad. Yo no quería moverme, aunque lo quisiera. Mas llegaron ellos en la oscuridad y lo hicieron, me encontraba reposando plácidamente, soñando extrañas quimeras. Fue interrumpido mi acomodo a ese lugar, tanto que he luchado por gozar de un lugar dónde estar tranquilo de una vez por todas, y me enviaron a este nuevo sitio, que por cierto goza de una humedad inquietante. Ahora, este nuevo inquilino invasor que tal vez ilusamente, viva el proceso que he descrito. Qué sueños tendrá en ese, mi espacio. Sin embargo, este nuevo vecino es callado. No hace ruido alguno. Sólo silencio todo el tiempo. Su quietismo, que por cierto es común en el barrio, hace que lo odie aún más.
Hoy en la noche llevaré mis acciones con una estremecedora deliberación. Cuando sienta más profundo su silencio, saldré al andador lleno de flores, y no sé a qué fuerzas invocaré para poder sacarlo. Si es necesaria la violencia, lo haré. Pobre diablo.
Total, recuerdo con placer, hace unos meses, hice una hazaña similar.
Las ansias me matan, aún más, por saber llegado el momento de expulsarlo y si me encuentro benevolente, pudiese, dejarle mi sitio.

Páztcuaro, Mich. México, 2 nov 2006 (Notimex).- Otro cementerio víctima de violadores de tumbas. Se cree una broma macabra. Misteriosamente dos cuerpos fueron encontrados intercambiados de tumba. Las autoridades investigan el suceso.


J. Santiago Silva G. Astrapé N.

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16 de octubre de 2006

Compañero del espiral nocturno

“Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”
Jorge Luis Borges
Las ruinas circulares

“Nothing escapes, not even light
beyond the mystical horizon
we surrender to its might
gazing into the eye of the universe”[1]
Arjen A. Lucassen
Flight of the migrator


Xetrov pensó entre su lapso de vida, en la existencia de un ente surrealista. Dentro de sus inquietudes abstractas, leía en las formas geométricas, nulas esperanzas de vida ulterior al poder del remolino. La nebulosa en el cielo, era arrasada por el egoísta ojo negro. Él aspiraba cuanta sabiduría podía de los conglomerados del conocimiento. Sonreía por sus pensamientos, mientras los vientos cargados de cristales de hielo le estremecían sus filamentos. En verdad, el cielo era un espectáculo digno del perpetuo éxtasis que padecían los semejantes de Xetrov. Vivir bajo el evento cósmico, bajo el engullimiento de la titánica nube multicolor, sacudía la consciencia más tibia. Esténtor, quizá cincuenta y siete octavas más grave que Do central, era el tono ciclópeo de su presencia. Tenía el instinto de morir en el abismo sideral; algunos lo tenían sembrado aún más: desde hacía edades arcaicas, otros, aceleraban, o definían de forma ritual, su curso al viajar al centro del caos, en naves poderosas tan sólo, para resistir un poco la inexorable transformación. Pero ahora él disfrutaba imaginar a ese ente, a una distancia relativa de los gigantes al estar lejos y fuese igual de insignificante que él. Porque sabía el significado de ser esclavo irremediable de la inmarcesible soledad que, irónicamente, emanaba del agujero hambriento, «¿no todo lo tragaba? » Para aliviar su abandono, quería ejercer su reacción ante la impotencia creando en su fértil mente. Pero «para qué inferir de las frustraciones, cuando la muerte o la transformación son eminentes». Aquel ente surrealista debía perecer igual que él. Sin embargo, estaba sólo, y únicamente dentro de su núcleo, le era necesaria un alma a la cual transferir sus emociones descarriadas.

El espacio estelar, le era un padecimiento inútil. Los grandes huecos entre luz y materia sólida, hacían comprimiese su centro de pasión y luego lo sublimase a lo inefable. Y qué poder decir cuando aparte del evento cósmico nada era más hermoso y malvado. Había mucho que representar con su lenguaje sobre la excelsitud inasible, pero sí arrebatante, del magnífico cielo coloso. Él es ya un anciano, todos sus amados ya sin la esperanza han fenecido. Desde infante, cantaba con sus hermosos sonidos al gran devorador. Las melodías que desde sus emociones se expulsaban gustosas, eran intensos himnos llenos de matices y tropos oníricos. Su don hacía insistente reverencia, a la vez que por dentro su alma se agravaba por la amargura de conocer que desde allí vendría la destrucción. Representaban en esas eufonías, la desdicha ante el monstruo cuando era más fastuoso en el horizonte. Su ocaso era equidistante a su sol. Los padres de Xetrov le decían de una secta arcaica, encargada de inmolar a los suyos y preservar el espectáculo celeste ciclo con ciclo. Ignaros seres, pero valiosos al contactar la inteligencia poderosa de la raza, aunque fuese ésta, epítome de su desesperanza. Los miembros residuales de aquella secta, son los que se entregan al insaciable de forma ritual.

El sol más cercano no está visible, y se siente solo e inspirado. Los porqués saben a melancolía. La inquietud de volar a otro mundo se ha ido. Aspira complacido al decir letanías de agradecimiento por la capacidad de imaginar en esa noche junto a la orilla. Una de sus letanías, habla acerca de la Imposibilidad como uno de sus estigmas innatos. Que la imaginación, le da la ilusión fútil de creer traspasar toda posibilidad. Su ego es sensorial, por lo tanto trascendente, ya que sabe Xetrov de la existencia de la Imposibilidad cuando supo que sus padres lo guiaban aún después de haber emprendido su viaje mortuorio y, eso no lo puede imaginar, simplemente lo sabe.
En ese momento sube a la plataforma de meditación y observación telescópica. Al instalarse, decide aumentar su imaginación con una sustancia. Al multiplicar las posibilidades así, se acerca más a la ilusión de dilucidar con una imposibilidad.

Desde allí arriba la vista es imponente. Los fenómenos agrestes en la lontananza de su mundo, murmuran fuego y pareidolia[2] con brumas de gases. La sustancia es poderosa y modifica su percepción rápidamente; de las formas geométricas leyó que es esencial para la existencia, escalar con sustancias los receptores de la realidad para rendir pleitesía a la misma sustancia en sí, por sus favores ontogénicos; además, ésta ha sido honrada al ser perfeccionada a través de los brumosos eones. Su cuerpo se estremece al agudizarse, y trata de contactar su quintaesencia.
Le es preciso llorar por todo el tiempo de su existencia. «¡Qué minúsculo es todo!, viajando en un absurdo devenir de instantes condenados a la privativa poesía de algún ente omnipotente. ¡Por qué no dejar de pensar en una esfera!, aquella que contiene todo y se ahoga ella misma, se evacua hacia dentro, por la furia de los alfileres divinos. Arquetipo cruel, imagen colérica que atosiga fatalista ¡Ni siquiera aún es minúscula la esfera!, la idea del átomo, del instante, resultan ridículas». La esperanza substrae una idea de lo infinito: «el renacer ».
Al oráculo astronómico de aquella jornada le justificaban puntualmente los meteoros que curvaban el espacio. «Lágrimas hecatombes de frialdad». Xetrov siente el titánico peso de su tristeza, como si tuviese que cargar con la ira de un dios pagano.

El trance previsto se aparece sutil en las inmediaciones de los estratos más altos de su subconsciente. Ahora su llanto será por todo el cosmos. Pero, no está diseñado para emanar tanto sentimiento elegiaco. Sabe que hacia la declinación del ciclo de vida, una de las alternativas es ser atravesado por la idea de lo transitorio, de lo agónico. Y él sabe que el universo deja ver su agonía en pequeñas dosis, para que un ser como él pueda asimilar su enorme desgarramiento.
No debe imaginar rasgos pues la inalteración fisonómica es uno de los dogmas; el cual reza “el rostro es obcecación al conocer el espíritu, lo creó el maligno para propagar la confusión”. Xetrov, a pesar de que en su juventud, buscando el respeto e identidad, negó intelectualmente tal concepto, ahora le permite avanzar más allá, la elucubración de su anhelado ente imaginario.

El Ente tendrá nombre mediato; las características se lo darían. Él estará lejos, quizá en las inmediaciones de la galaxia. Su estado será de imperturbabilidad, contemplado igual el negro cielo. Tendría que padecer el mismo éxtasis por lo efímero de su vida y por lo inalcanzable del cosmos. Al final, «¿qué ser mortal puede abarcar todo universo?»
Entre la conmoción de los cantos rituales que venían desde la ciudad, se volvían más certero el temperamento del Ente. Dejando suavemente de ser hipérbole para convertirse en intrincadas texturas de energía, suplicadas por la llameante soledad. Sería por defecto, ambiguo; un navegante de emociones entre los picos altos o hundidos de los infiernos de sus impulsos. Vigoroso, capaz de enfrentar la languidez, al tiempo que por una infinitesimal pizca de locura desviase su complicado centro neuronal, para ser escindido cual hielo surcando el espacio. Pero no lo quería tan frágil, le daría fútil arrogancia para que creyese que todo podría ser próximo a su entendimiento; y así protegido no le causase congoja los abatimientos de su naturaleza finita. Porque para ser su compañero, tenía que morir también. Su pulso era aceleración de la eutanasia que sabía, le iba a producir la droga. Por momentos creyó que esta empresa era producto insano del deterioro de su cordura. Pero era más grande su soledad y continúo.
Otro rasgo fue la irascibilidad, porque quería que un temblor acompañase su ansiedad ante el ímpetu de poseer la idea de la inmortalidad. Además, lo haría reflexivo para que dilucidase quizá «oh, tan sólo quizá», la posibilidad de estar siendo imaginado. Xetrov, de pronto se sintió malvado y en un arranque de compartir su impotencia ante lo que no podía dominar, le otorgó en sus creencias, la esperanza, para que tuviese oportunidad de ampararse con ella en un tornado de locura, cuando la reflexión le pareciese sombría y atosigante.
Lo haría cualitativo de alegría, pero sólo propenso a ella, para que la supiese buscar en lo más nimio y que le diese paz como lapso de asimilación y comprensión. Entonces la arrogancia primera sería borrada por la sabiduría.
Así continúo Xetrov, embriagado por la cercanía del Ente y el poder enteogénico de la sustancia ingerida. La noche iba a terminar y su ciclo también. Le atribuyo más formas, algunas banales y absurdas, otras fatuas y ostentosas. Ya el delirio dominaba su ingenio. Sin embargo, decidió continuar hasta que su entelequia se difuminara en un sueño. Por la decadencia de su cuerpo sintió dolor, y lo recordó como su último regalo. Mas, se sintió injusto y para mitigar a su compañero le dio el alivio de poder ser espiritual.

Le obsequió visión subjetiva para contemplarse en posición relativa al universo. Lo imaginó así, rezando ante la costa cósmica; sintiéndose solo, más que ello, ignorante. Que no supiese por su aislamiento que podía ser uno de tantos. Que la soberbia fuera compensatoria cuando fuese incipiente de espiritualidad. Ahora, ya no se sentía injusto, una caricia de maldad le era otorgada al Ente. «Un sueño dentro de la soledad, mientras más consciente sea, más pululante le será». Sin embargo, le quiso dar una forma de escape de conocimiento casi poético: que se disipase su materia paralela al sol que lo alumbrase. Mientras en forma de luz aparente, sentiría en sus receptores, otras partículas hermanadas, de materia muerta eones atrás. Posiblemente en un futuro, existirán otros entes distantes que lo observarán sin saberlo, junto a un cuerpo celeste luminoso. Tal vez serán igual que él: unos soñadores que suspiran al noctívago cielo; mientras tales suspiros se aúnan otra vez, a las líneas de luz que desprenden sus soles más cercanos.

Quizá de lo espiritual le ocurrió a Xetrov, que debiese el Ente tener una fuerza alterna. Un generador de pulsaciones intensas que lo incitaran a sentirse incompleto. Recordó un estudio antiguo que leyó durante una temporada de penumbras. Al hacerlo una carga eléctrica le fustigó con imperante violencia. Aquella fuerza sería ambigua, pero daría la ilusión de ser positiva, por lo tanto, sería impulsora de actos. El principal: percatarse por defecto de su soledad y tratar de compensarlo, quizá mediante la irracionalidad, es decir, conteniendo esperanza. Aunque algunas veces, lo haría con nobleza, tan sólo por el hecho de cuidar, de respetar, de alimentar al otro, sin interés alguno y tal vez, se sentiría así redimido y trascendente, pero al ser efímero sería una pequeña ilusión, relativa a la proporción histórica de su raza ante el cosmos. Cuando aparentara ser negativa, al no tener alternativa de unión, la irracionalidad tendría forma de autopunición.
Una alegría malsana ahora le impulsaba en su imaginación; era la ironía. Pues el sentido de existencia del Ente estaría basado en no asimilar su lugar en el universo, su asilamiento, y tratase de unirse a otros mediante la fuerza alterna. ¡Casi como Xetrov! «Todo en un principio explotó, todo se separó, ahora, ¡el gran Ojo negro nos unirá! a qué costo. »

Doliente, rasgándose en agonía, toma consciencia de que el Ente es todo lo que quiso ser, que tan sólo fue una dramática inferencia hacia el final de su existencia. Ahora, el ser será engullido por el agujero negro, incluido en el ideario de Xetrov, quien inerme yace, sin anhelo. Quizá dentro de un cosmos finito de posibilidades, sacando una última inferencia, lo llamase de manera grotesca, pudiese ser su nombre: «humano».

J. Santiago Silva G. Astrapé Núctes

[1] Nada escapa, ni siquiera la luz/ más allá del horizonte místico/ nos doblegamos ante su poder/ cautivados en el ojo del universo.
[2] Alteración de la percepción donde se proporciona una organización y significado propio a un estímulo ambiguo.

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6 de octubre de 2006

Valhala No Existe

Lars Sternejoft sabía muy bien que la vida es sólo un gran valle de niebla; un mar destinado a recibir los heroicos pies que puedan flotar sobre él. Nada le hará perderse en la niebla. Lo guían el filo del hierro y la madera punzante. La gloria es la exquisita amante. En el pecho guarda una flor para la muerte.

La anterior noche, sobre el pequeño estanque del acantilado, observó su pálido rostro. Memorizó de él, lo que la luz del plenilunio le permitió en amarillento velo. Fue un momento de anhelado sobresalto; las horas de deleite y anterior gloria, tuvieron un sabor de tormenta; un olor de lodo de la montaña. Todo condimenta el perfume de la madera del skuta. Navega desde Nord Norge hasta el Vestlandet. Nunca antes sintió como ahora, el antiguo presagio de la mariposa hacia la flama.

Cuenta su más anciano padre, que el vino es exquisito en la sala de los muertos; porque la garganta es como la piel del árbol más joven, ávida por libar el placer que alimenta. La sirena que un día le cantó sobre el aire, de aquella aurora violenta, será su amante sobre las cortinas del Valhala. Nadie sabe si será frío o caliente, el lecho donde la espada guerrera lo empuje. Pero, Lars es un iluminado por la certeza, de que antes que su cuerpo reconozca el último ósculo de la tierra, estará más allá del hielo cósmico. Hacia el Ragnarok

Antes que él, lo esperan, todos los que le sembraron ansia de guerra. El furor en grito frenético, que emancipa arrasando, desde los bosques, hasta el horizonte acuático. Besará en placer mortual, el anillo de Odin; y por destello iracundo del poderoso mjollnir de Thor, se hará esplendoroso el poder del draupner.

Por fin, el puerto está a la vista. Un grito en la proa enciende el corazón, pues los esperan en la costa. El enemigo es descarado; el frenesí del Maelström es inherente al hombre del norte. Lars nunca ha tenido miedo, no existe palabra que lo signifique en su vida y en sus cantos. Entonces, ¿por qué una helada serpiente le acaricia la espalda?, será un espíritu ignominioso quien le seduce ¡para no danzar con la espada!

Aún así la voluntad arquetípica es más fuerte. ¡Y sabe!, que no existe más placer que, de la gresca, recibir la muerte. Baja, empuña el metal y se mimetiza. Su pecho contiene su vida entera. ¡Oh, por Odín, si son, ustedes enemigos, el eminente gozo que me mate, sean dignos de recibir la misma gloriosa suerte!, Lars sabe el significado de estar vivo. Y en un ardiente soplo, de una maraña de cabellos rojos; recibe puntual, el laurel último, y la llave a las puertas donde moran sus arcanos.

Muerto así, Lars Sternejoft, por la maza del enemigo hermano; espera abrir los ojos y ver alguna Valquiria. Los tiene abiertos. Un perro bermejo le ladra. Con terror y desconcierto, un majestuoso espectro descarnado, desnudo en huesos, le mira sardónico. De las sombras que cubren el sitio -donde se escucha un río-, a su lado, aparece un hombre de piel roja. Nunca antes en su vida mortal, vio alguien como aquél. El perro saluda al hombre y con pánico neófito, escucha una palabra que penetra hasta sus entrañas, de humo. La voz clama: ¡Mictlantecuhtli!

J. Santiago Silva G. Astrapé N.

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Sol Mañanero

Agustín baja a caballo, enfurecido. Sólo en la bestia puede sortear el camino, o la carretera federal como le dice el desgraciado Julián Palazuelos. Tiene razón Agustín en mandar al carajo su troca nueva; por más que se plantó con ella enfrente de la casa municipal, como en las manifestaciones capitalinas, no pudo hacer nada para que se lograra su propósito. Fueron varias las ocasiones que por poco mata al ganado de Don Tiburcio, o Don Piporro, como le dicen los más rasposos. No podía ver nada. Nunca podía ver nada. Sólo varios haces de luz que hacían le hirviera el pozole mañanero que le servía su Vieja. Pero qué coraje. Juntó varias firmas con todos lo vecinos que usaban el camino recién hecho y, que por puros calzones del mentado Julián, se tenía que usar para ir al pueblo. Pinche camino, vino a partir la madre. Los demás caminos fueron obstruidos con bloques de cemento por el susodicho. La verdad, sí da coraje cuando uno lo piensa. Cada vez más. Si no se hubiera corrido el rumor de que se metió con la hija del Cura, a lo mejor, sí le hubieran hecho caso. Al contrario, le fue tan mal; se le nota desde lejos, que no tiene una oreja. Cuando me acuerdo que Agustín feliz de la troca, le importaba nada cómo estuviera la carretera, lo que quería era estrenar el asfalto y meterle hasta al fondo. Ahora todos lo recuerdan por lo ridículo que se veía sosteniendo, arriba de su troca, un letrero malecho que decía: “Queremos que no cale tanto el sol de frente en la carretera”. Hasta a mí me dio risa. Creo que cuando los que firmaron, vieron el letrero, se arrepintieron de haberlo hecho: Habían sido convencidos por otras causas. Así duró varios días, era tanto su coraje, que se dormía en la troca y dejaba su letrero afuera. Muchos le decían, “¡Pon el parasol güey!”. Pero, a Agustín se le notaba lo decidido en la cara. En realidad, un día me platicó en la plaza, quería que cambiaran la carretera por donde no saliera el sol. En una noche los Rurales le bajaron el aire a las llantas y le rallaron la troca. Yo digo que fueron los Rurales. Quién más. Bueno, aparte de la hija del Señor Cura, sólo ellos. Cuando se despertó fue y, más enojado, cortó unos árboles él sólo; y los atravesó en la carretera. Fue un tremendo relajo. Los Rurales lo buscaron todo el día hasta que lo hallaron para meterle la debida madrina. Creo que lo dejaron encerrado varios días. Cuando se apareció ya no traía la oreja. Pero, Agustín es el más terco que he conocido y se fue a la capital del Estado. Hasta salió en los periódicos. Pero su noticia no era de primera plana, más bien era como la nota curiosa. Fue tanto su mitote que le volvieron a dar una calentadita, pero esta vez se la dieron con unas muchachas bien buenas. Parece que esto último le dio más fuerza para seguir con su causa. Lo más curioso era que siempre cargaba con su letrero jodido, pero cada vez más adornado con pegotes de fútbol. Hasta que un día le metieron a unos balazos a su troca, que aún, con todo y protesta, la traía por el camino contra el sol. Un día sí mató un borrego gordo. Por eso le dieron los plomazos, porque sabían que sólo él, era el único atarantado quien no sabía manejar en contra del sol. Desde entonces, se asustó tanto que anda a caballo. Me lo compró ayer. Ahora sigue bajando. Está a punto de cruzar la carretera. Se detiene un rato muy largo antes de cruzar, lo que no sabe, es que el caballo nomás no pasa la mentada carretera. Ni a madrazos. Por eso se lo vendí.

Yo lo miro, tumbado en un árbol, y pienso, que es más fácil para Agustín, que el sol saliera por otro lado, en las mañanas.

J. Santiago Silva G. Astrape N.

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Rojo

He asesinado a mi maestro. Los recuerdos me llenaron y… hundí el bolígrafo rojo en su garganta. Fue ofrenda y encumbramiento de un ritual teñido de mi asociacionismo. Las matemáticas fueron causa apologética.

Existen teorías que dicen que el rojo tiene un significado en sí. Que influye de forma invariable y ecuménica. Yo no lo creo así, es tan ambiguo que no creo tenga significado universal. Mas dicen atribuirle al rojo el inexorable poder de la pasión. También, se ha dicho que el color rojo es el símbolo del amor, del poderío, la sensualidad, la fuerza, resistencia, independencia, conquista, impulsividad, ira, y odio. Es luz con longitud de onda de 750 nanómetros. Ha sido predilecto por los tlatoani y monarcas tanto por personas influyentes, dado que era un color difícil de conseguir; si no se buscaba en las cochinillas poco accesibles. Es definido como color cálido y vital ya que es como la sangre.
Aprendí a relacionarlo y ya no fue tan abstracto como debería ser. Es un color que me remembra la sensación de ardor en la espalda. Detrás esa desgarrada imagen, viene el ruido de flauta. También está el olor de maíz quemado, más por el resplandor de la lumbre que incendió la ira en mis dedos chamuscados. Una textura en particular está asociada al rojo: la de las cicatrices. El rojo también para mí, es una tarde de invierno, cuando mi cara se restregó en un muro del mismo color. Era roja la pañoleta de la mujer que besó a mi padre. Mis ojos cerrados –en penitencia obligada- veían rojo, al sentir el sol, mientras sometido aguardaba que me desataran. Pienso que esta última asociación es la responsable de mi desequilibrio patológico, cromático. Quizá sea yo quien persigue al rojo. Es un ente poseedor de una frecuencia implacable, que se asocia en mis sentidos.

Cada vez que mis errores matemáticos ataviados del Color, eran demarcados violentamente, mis venas se convertían en serpientes. Las fórmulas integrales eran indómitas a mi discalculia algebraica. Cuando dichas fórmulas eran circundadas por el ardor, la cacofonía, la suavidad, el orgullo herido y la desilusión; la mezcolanza de mis sentidos se estremecía con furia. Sin duda, di forma de matiz a un concepto integrado por mis recuerdos más oscuros. Me convertía entonces en sombra de mí mismo; ajeno, proyectado en distorsión hacia un mar angustiado. No encontraba ansiolítico capaz de calmar el tornado de mis sensaciones.

Esa vez -la ocasión digna de mi crescendo alienado- fue vorágine de mi mente impeliéndola a errar lo suficiente como para abrumarme y llenarme de una ansiedad reptante. Realicé problemas donde elaboraba vertiginosas asíntotas. Las curvas me invitaban hacia otro curso, el que yo creía era cercano al acertado. Me dejaba guiar, me unía a mi individual concepto de geometría analítica. Ensoñaba ilusamente, (quizá alternativamente) la seducción de las líneas abstractas.
Cuando el maestro hubo revisado la hoja donde creí plasmar mi reconciliación con las matemáticas, el corazón frenético era todo mi cuerpo.

Fue entonces cuando recibí la sardonia. Pero no venían de los labios del maestro, era la sardonia más roja que en mi vida he llegado a sentir. Provenían de la hoja coloreada tal vez, mientras con parsimonia el maestro iba enmarcando mis errores con su bolígrafo barato y achatado. Probablemente el sujeto, sonreía por mi ignorancia aún vigente, al no resolver universalmente los ejercicios. Esa imagen colmó mi mano que ansiosa deseaba empuñar algo. Eran mis errores graves, pero, ¿por qué tenía que humillarlos aún más?, ¿por qué no le bastaba dejarlos desnudos en su incorrección?, le era menester señalarlos de más, ¡de ese color vulgar! Mi ilusa fantasía de navegar entre la certeza matemática, se contrajo hacia el infierno, ¡un infierno rojo!
Sentía un hormigueo delirante y para mí era pecado que el maestro se paseara tranquilo en el aula, al extremo de mi encono hacia él. De pronto, volteó su rostro hacia mí, mientras yo lo miraba fijamente. Antes de que me preguntara por qué, me abalance en su contra y ante la mirada atónita de los otros pupilos, perplejos más por sus errores y no tanto como yo por el Color, consumé la ira de mi descontrol. Lo odié más, pues estaba lleno de sangre.


J. Santiago Silva G. Astrapé N.

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