20 de diciembre de 2009

Tres cuentos de un niño

Intentando escribir como si fuera niño, por encargo, me salieron estos tres cuentos. Releyéndolos creo muy pocos creerían que los escribió un niño, ja creo que tampoco un adulto, y estando en medio, entonces pudiera ser que un púber.


El niño que no podía dejar de correr

En la mañana comenzó todo. Los pequeños pies de Filiberto comenzaron a moverse como locos. Por más que quiso aplacarlos con cuerdas, vendas y hasta piedras encima, no pudo. Salió de su cabaña rumbo a las montañas, sus padres lo persiguieron también corriendo, pero él era muy rápido. Muy pronto llegó a la cima de la montaña y aunque quería ver el paisaje no se podía detener, y eso nunca lo había hecho porque se ha de saber que Filiberto nació cansado y nunca caminaba más de algunos metros sin tirarse al suelo. Curiosamente lo que le pasaba le gustaba, porque no sentía cansancio en ninguna de sus dos piernas. Comenzó a bajar esa montaña y la velocidad era mayor, pronto, pasaba por un lado de árboles, piedras, animales, haciendo todo lo posible por no chocar contra ellos. Por más que quería detenerse no lo podía hacer, todo pasaba tan rápido a su lado y en ocasiones sus pies se despegaban del suelo. También, por más que quiso evitarlo, chocó tres veces, primero con becerro, luego con un arbusto espinoso, y al final con una enorme vaca, los resultados de cada choque fueron muy graves, pero lo fueron más para ellos.
Así duro todo el día, hasta que de pronto, a lo lejos pudo ver un lago enorme. Filiberto sintió un miedo muy grande, pensó en que se iba a morir, ¿qué más podía pasar?, ya lo había pensando antes cuando había chocado, pero ahora era diferente, al estar en el agua, lo más seguro era que se ahogaría. Por fin, llegó al lago. Cuando abrió los ojos, seguía corriendo…


La caja

En la mitad del patio de la casa abandonada, de pronto apareció una caja negra. Se veía muy extraña y nadie quiso abrirla, el único que lo quiso hacer fue mi primo, desde entonces se ha quedado quieto, callado, como si mirara lejos, muy lejos y ya no responde a nada. Mis tíos le dan de comer, lo bañan y lo cuidan, a mí me da mucha tristeza verlo así. Yo les dije que era por la caja pero no me han hecho caso, me han dicho que estoy loco y que mejor me calle, ya que eso es cosa seria.

En la noche estuve pensando que si vuelvo a abrir esa caja en frente de mi primo, podrá volver a ser como antes. Hoy voy a ir.
Allí está la caja, nadie la ha movido, pero no parece que sea la misma. La voy a llevar hasta la casa de mi primo. Está muy pesada no sé qué tendrá tanto dentro. Me da mucha curiosidad saber qué tiene, pero si, también yo quedo igual que mi primo quién me ayudará luego. ¿Qué haré? la caja parece tener sonidos, y por una esquinita parece salir tantita luz. La verdad me dan muchas ganas de abrirla, pero me estoy aguantado lo más que puedo. Se escuchan algo como música muy lejana, y la luz de dentro de la caja está cambiando de colores. No. No la voy a abrir, total nada más me faltan unas cuadras, nada más atravieso el parque y ya llego. Ah caray, quién dijo mi nombre, se escuchó como la voz de mi primo. Ya no puedo más, la voy a abrir. Pero no, me tengo que aguantar. Ya no la aguanto, sí está muy pesada, bueno, nada más descanso un ratito en esa banquita. Qué tendrá esta caja. Sí yo tenía razón, esta caja es la que tiene la culpa de lo que le pasa a mi primo. Otra vez se escuchó mi nombre. Ahora recuerdo que mi primo la abrió mucho y por eso, a lo mejor se quedó así, si yo la abro tantito, nada más tantito, no creo que me pase nada. Me voy a asomar por donde se ve la luz, no, no se ve nada. Bueno voy abrir una de las tapas, y a ver qué pasa.
¿Qué no estaba yo en el parque?, ¿por qué todo cambia de colores?, ¡estoy en un bosque enorme! ¿Por qué me siento muy feliz?, veo unos ríos de luz que me llaman, voy a ir hacia ellos, no recuerdo mi nombre, no recuerdo nada, a quién venía a buscar. No lo sé, pero encuentro a muchos niños jugando, así como yo de alegres, ya nada me importa, nada más quiero jugar con ellos. Hay uno me parece muy conocido, me toma de la mano y me dice que todo estará ahora bien. Todo aquí es tan diferente, me gusta tanto que creo me quedaré.
Sólo, de pronto escucho unas voces muy lejos que gritan algo, algo sobre un parque, una estatua, un niño y una caja.


Moriré desinflado

Hace tiempo ya que conocí a mi dueño. Quién lo iba a decir, un niño mocoso y panzón que me llevó luego, luego a su casa. Y allí comenzó el martirio, yo que pensé que iba a ser todo distinto, pero no, desde que abandoné a mis hermanos, todo ha sido muy agitado. Lo primero que sentí fui la dureza de la tierra y un montón de piedras que me rasparon todo. Me golpeaban mucho, acabé acostumbrado, ya qué. La vida me dijeron algunos de mis hermanos más viejos era rodar y rodar, yo no les hice caso, pero también, ya qué. Un día duré un buen tiempo descansando, qué buenos tiempos aquellos, no me importó estar allí tirado con el sol dándome duro, meciéndome nada más por viento, aunque duraron esos tiempos poquito, después del grito de felicidad porque me habían encontrado, comenzó otra vez el martirio. Casi ya no puedo contar esto, me falta aire, pero trataré continuar, contando mi historia al aire que me meció, tan siquiera. Aunque en momentos, me sentía orgulloso, cuando por mi causa, los niños gritaban como locos, y más cuando mi dueño me acariciaba dibujándome garabatos con un plumón.
Hubiera seguido de golpe en golpe, si no fuera por un amigo de mi amo, un niño gordo, gordo que cuando llegaba con él, me daba con tanta fuerza que sentía que iba a reventar, y pues ayer, el desgraciado niño gordote, me pateó con tanta fuerza que, no sé si pueda contarlo, me fui lejos, lejos, hasta caer en una alambrada de púas. Ahora, poco a poco me quedo si aire, también mis hermanos viejos me contaron algo de eso, que nuestra vida acaba así, sin aire, tirados, deshechos, amontonados entre la basura, tampoco quise creerlo pero, ya qué. Me quedan algunos minutos de vida y orgulloso puedo decir, que fui un buen balón de fútbol.

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8 de diciembre de 2009

Un cuento

Hace tiempo en una clase me pidieron hiciera un cuento, y salió esto, nada original por cierto. Por entonces leía el mundo de Sofía. En fin.


Uno de los tres puerquitos se descubrió un día ante la certeza de ser un personaje de cuento. Siempre lo había sospechado, más cuando su casa se rehacía cada vez con frecuencia mayor. El cerdito había experimentado lo que los psiquiatras paranormales denominan deja vu en bastantes ocasiones, las suficientes como para iniciar una demencia porcina. Los mismos senderos, la misma sensación de miedo y terror ante el licántropo; porque él sabía que el atemorizante lobo, fue una vez, un terrible leñador de otra historia. Sabía que los confines de su mundillo, transformaban a los personajes en otros, pues el demiurgo era el mismo. Esa mente tenía sustancias que se mezclaban como fórmulas alquimistas. La pregunta más razonable y primera es, ¿cómo obtuvo este conocimiento el puerquito?, ¿cómo se dio cuenta de la forma de su existencia? ¿Fueron acaso las setas que encontró aquella noche? La consciencia que ahora le ahogaba era otra. Al tener en su cuerpo el elixir de la lucidez, se dio cuenta, de que su aspecto cambiaba, que el bosque habitado lo hacía también. Incluso, nunca envejecía y su vida siempre era un recuerdo de esporádicas ocasiones.

Despertó, es cierto; pero de nada le valió. Pues su voluntad era atada a la escritura de un dios. Un día, después de meditar, se dio cuenta aún más de su ridículo papel sempiterno, invariable y cansado mil veces, más por descubrirse personaje. Decidió anunciarlo a los demás amigos, incluso, al odiado enemigo.

Lo supieron todos. Confabularon para errar la historia. Lo hicieron con el embargo de una sensación de vértigo. Sólo así, en conjunto lograron romper la atrofia de su voluntad individual; que al fin, era la colectiva.

Al día siguiente -con fatalidad oscura- descubrieron sus cuerpos al principio del mismo cuento. Lo volvieron a retar, y surtió el mismo efecto. Al día siguiente ocurrió lo mismo. Todas las Mañana tenían que cambiar el curso de la pesada mano divina. Hasta que ya no lo tuvieron que hacer. Cansados descubrieron que podían separar sus actos de sus pensamientos y así poder vivir alternamente.

Una noche cualquiera se arrojaba como hoja negra y sobre ella rezaba “Variaciones metafísicas de los tres cochinitos”.

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7 de diciembre de 2009

Cuando comienzo a callarme

Oscuridad y mesticia llegan disimuladas. Hundimiento en la dureza que se maquina. Soy el hombre que se calla. El que decide alejarse hacia dentro, donde no hay nada conocido salvo ignotas represiones. No me callo por no tener que decir nada, sino porque la capacidad de decirlo es tan onerosa. Al callarme me comienzo a quedar solo conmigo mismo, en una paradójica soledad compartida. Con tantos más deambulo.

Por fuera, siempre por fuera, cualquier sentimiento de agobio, se ahoga en el disimulo de la frase trivial, adaptativa. Luego, dentro, tan dentro, se forma un sucio constreñimiento, lleno de rugidos de angustia y pericias camaleónicas. Sin embargo, todo esto sucede esporádico. Se abre la puerta a este abismo cada vez que decido callarme. Se cierra y creo que todo se va, se olvida y no pasa nada.

Quizá luego algún afortunado momento de alegría vendrá y sepultará con furia todo sentimiento cancerígeno, ojala siempre bastara para dejarlo así. Ojala bastaran olas inmensas de ira oportuna. Ojala con los impulsos se pudiera redimir tantas pieles replegadas bajo los ojos del desvelo ansioso. Los días presurosos donde se está pensando en todos, y se sigue un sendero seguro hacia la demencia del continuo. Mejor no existieran esos velos y mi carne soportara cotidianamente su consistencia en el más preciado y estoico resplandor.


Fragmento portada Arjen Lucassen Guilty Machine

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