12 de marzo de 2015

La amistad demandante

Los amigos no existen, proclaman desde una amargura justificada en horas oscuras, los que experimentan el abandono trágico y desilusionante de aquellas personas en quien se depositó toda confianza y esperanza. Enloqueciendo primero, construyendo luego un gesto herido y resignado ante tal fatalidad de la vida. La demanda no fue cumplida, el amigo falló, el amor es una mentira.

En el texto “Acerca del Cristianismo como esperanza redentora”, contemplé la idea de la búsqueda del amigo infalible, aquél construido bajo las demandas imperantes y neuróticas producidas antes nuestros fracasos con simples mortales “traicioneros” y falibles.
En ese citado caso, sería un Dios amigo que nos acompaña a todas partes y nos acepta aún con nuestra psicosis. No nos juzga, porque si lo hiciera, se convertiría en demonio acusador y para eso están nuestros miedos. Nos ama y conoce, desde los diálogos (monólogos) perversos que rebotan al ser lanzados a nuestro más abismal concepto divino.
Otros sustitutos sublimados serían, amigos imaginarios,  amigos que ya no están o lamentablemente fallecieron, perros, gatos, cualquier animal accesible hasta –en casos más frágiles- amigos productos de la fantasía popular (superhéroes y personajes de animé) y algún objeto antropomórfico. Un psicólogo tal vez.
La angustia resultante es proporcional. Al parecer la espiritualidad tiene ese encanto que la contiene por gran tiempo. La melancolía por aquel ideal, es el constante duelo, perfeccionado tanto, que se considera la catatonia en ese estado con alucinante embeleso.


Quienes logran atisbar en destellos la Impetración, temen fallar y ser expulsados u observar el exilio autoimpuesto de aquellos que buscan la perfección. Pero el fenómeno no sucede, sin la gradualidad tediosa y áspera de la convivencia puesta a prueba, por días, por meses, por siglos. Pudiendo incluso, estar atado físicamente a esa persona mientras se cubren apuradamente otras demandas corpóreas, y padecer cotidianamente el reclamo angustioso por no cumplir ese estándar divino. Por lo tanto una ruptura catastrófica y grandilocuente, no precisamente es la que deviene en la suplantación tal vez cristiana; sino otra ruptura sutil, soterrada y afónica, que triste se conforma en una realidad, que implora transitoria. Por un lado, el que se sabe traicionado y abandonado físicamente; y por otro, el que desarrolla el arte de convivir físicamente con la deslealtad a su paraíso reclamado. 

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12 de septiembre de 2013

Inerme



Mi alma está descalza cuando elegiaco me veo reír. Cómo quisiera soltar una carcajada sin remilgo. Siquiera sonreír. Dejar que mi alegría sea representada como un cualquiera. Abrazar con ternura el momento pueril de la no represión. Dejar que el rostro funcione.
Dentro de mi vulgaridad, sentir la apoteosis, el resplandor superior de la libertad. Sin miseria, sin rastros de consecuencias llenas de podredumbre, sin escombros sobre los cuales entonar himnos de angustia.
Cómo quisiera sostener el vértigo del cráneo, que mis labios fueran unos promiscuos e inconscientes se largaran, sin remordimiento.

Si fuera así, no tendría esa prudencia y sobriedad que residuales me consuelan y fustigan sobre mi lacrimoso tiempo. Mientras, que la implosión gobierne.



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2 de septiembre de 2013

El Cilicio



Rodeado de claroscuros resalta venerado el cilicio, con su cinismo heredado, cantando himnos a la noche y el deseo infernal por flotar lejos de las sábanas. Se afila con cada vuelta plañida, se consterna y luego afloja todo el cuerpo, lo libera en algún paraje borroso y plácido por engañar una vez más. Su encomienda es producir el delirio, devorando voluntades, colocando anclas de un aparente infinito sopor.
Por la mañana tarda en su disipación, se acurruca entre pliegues alegando nostalgia por el mal sueño. Nada que un litro de cafeína no altere y retorne a la noche insomne.

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29 de agosto de 2013

Devastación



Aire concebido esta noche, de exhalaciones trémulas y amorosas. Donde tu voz me recuerda que valen la pena los años y las tormentas en el requiem de mis inflexiones cada vez que mis dedos desgarran inútiles mi rostro. Aire del grito escarpado, qué importa para dónde se eleva, la gravedad nos levanta tiernamente para soltarnos con dejo cuando los pulmones ya no dan para más. Somos el grito furioso, la catarsis que celebra el instante de sincronía, el estremecimiento al sentirme absorbido por tu ansiedad sacra.
Luego en la devastación yacemos mirándonos con las manos, acariciando nuestro arousal con flores aún con pétalos. Dejando todo fuera, somos dentro, contemplado el aire, decidiendo ceñir nuestro tiempo.

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12 de julio de 2013

Vagar 2.0



 No hay que dejar que se desperdicie. Su expulsión menguante duele en los párpados, mancha las comisuras. Grácil sin aliento, carente de sosiego, de lucidez. Levedad recurrente en la fragilidad. Mesticia impertinente siempre de noche, no sabe de continencias y respeto por la inmovilidad.
A quién se rendirá tributo, desde dónde.
Hace mucho no se vaga sin rumbo, ahora se yace guardado, extrañando irónico el recorrer del laberinto, sangrando tácito. A ritmo de vals, esquivando imbéciles, descifrando vacíos en los ojos, atraído por un caótico punto de fuga. Doliente en las arterias cada vez que la alquimia hace su trabajo, paralizado andante, recibiendo el alejamiento de todos.
Ahora se yace en el vórtice, el hogar. Cayendo los arpegios en cada lágrima, cada vez que la horca del neurotransmisor me hace quitar el corcho. El cráneo apenas se sostiene, ya no tiene ese poder de bestia, ese rencor por lo que creía y fustigaba tanto; sino se transmuta en algo más arcaico, en la materia de los fósiles ardientes.

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11 de julio de 2013

Abismo


A quién quieres ver, al hombre que en su discurso cree elevarse cuando sólo flota. El que sabe será abandonado cuando el destello desaparezca, y el ideal se desdibuje lavado en granizo, en distancias cansadas, en lo noctámbulo de la alucinación. Para luego implosionar en carcajadas mientras duerme, nuevamente. Es natural que sepa su abandono. Tiene ese halo que encandila. Esa órbita que cierra el entrecejo. 


Ese hombre explora sus motivos, queriendo no disiparlos. Sabe además, la futilidad que mueve sus dedos. Eso lo deprime por un momento, para luego seguir acariciando el flagelo. Porque desearía gritar, abrir sus carnes, y ser explorado. Que alguien habitara por instantes su oscuridad y vertiera bálsamos tan ansiados en la herida. 

Ese hombre ha movido neciamente sus filamentos, conscientes, acumulando lágrimas y dolores ajenos. Su mirada es diagonal, afilando la certidumbre de sus actos. Desnudando sus premeditadas alegorías.


La certeza lo hunde y redime. Lo abraza, mientras le destroza su débil y patética vanidad, le alecciona mostrando un tierno camastro. Contempla, y trata de aprehender la naturaleza de lo efímero.  Mientras sabe, encogido sabe, la exégesis de la atribución. Ya no lo mirarás, y deseará tan sólo haberlo disfrutado. 


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26 de septiembre de 2011

Diving With Your Hands Bound (Nearly Flying)




Para cabalgar la furia de lo no entregable, de lo que se queda y quiere salir, de lo que también quiere amar frenético, de lo que quisiera trascender la piel, de lo que impulsa al cuerpo, de lo que encerrado se consume a sí mismo, de lo que se mezcla con las lágrimas y la sangre. Paradójico indefinible cuando se mueve, nombrado sólo apaciguado. 


"Alone with the woods and the moon
Now it's time, I'll be joining you soon
Alone can't still keep her by my side?
Don't run from me, don't hide
Alone I've been searching everywhere
Now I've given up, you and me
Alone...


What have we done
I cannot overcome
What we've become
I cannot overcome

You and I, You and I forever
Stop it now, come let's go

You and I, You and I forever
Forever..."

Manes.

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31 de enero de 2011

Expulsión 2

Que no quede algo por lo cual cause extrañeza. De un solo golpe que se evapore aquello difuso en los confines que ahora habito, de pronto. Que todo permanezca. La furia dentada presta el filo de lo inadaptable. Primer aullido de un plegado ánimo, castrado en máscaras. Identidades coleccionadas en frascos de colores tristes, ridículos y amargos, amorfos por ello queridos. Oraciones que sí se quedarán de marañas inconexas y pretenciosas. Discursos atrapados cuando la consciencia vigila el meteoro, y le acaricia del lomo como masturbando la angustia de lo que ya no será, con la claridad humeante, sentado al plenilunio tragando moléculas y obsesiones por palabras esdrújulas.

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25 de enero de 2011

Expulsión 1

El zumbar arriba, por la lámpara. El cuerpo danza luego, junto al muro blanco. El sudor recorre la tarde, y anochece satisfecho. Las ideas eyaculan profundas ante la sensación más atroz de las uñas. Portentoso poder de salir, de emanciparse dulcemente. Suspirar mareándose y dejando escurrir los ojos. Cualquier picor recuerda el ayer, para voltear sin resentimiento y gravedad en el estómago. Sí, sólo dejarse llevar, entender lo que brota palpándolo cual bebida derramada en la ropa más preciada. Darle un porqué al seño arrugado y odiado recién. Evitar otras tantas ideas con la marea de los dedos o el puño, o la letra malhecha de las horas alumbradas.

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20 de abril de 2010

Selene


Son las cuatro de la mañana. Ya no me importa tu cuerpo ni tu cara. Las piedras de la calle parecen tener más significado y complejidad, sus patrones casi ordenados bajo la luz sinuosa del halógeno revelan más soluciones, que tus hombros yéndose hacia atrás, cuando llegamos juntos a tu inconsciencia ansiada.

Ya casi olvido -salvo por este afán de decirme las cosas en voz baja- tus cortinas rosadas con tantos pliegues vulgares, y tu diamantina regada peligrosamente en tus nalgas. No debería llorar cuando fumo; le dejo al viento más fumadas, más estremecimientos. Ni siquiera tu cuello tan largo se quiere quedar entre tanta polvareda de estos confines tan arbolados y úricos. Mejor camino un rato a ciegas, sintiendo retumbar más fuerte mis pasos y apretando los dientes para expiar tu alocada risa, tu insoportable perfume. Mientras, otro cigarro resuelto en la nada.

Un gato en celo me espanta antes de toparme con más olvidos. Es tan difícil fingir que te escucho cuando la arrogancia te embriaga, quisiera encontrar la forma en la cual revelarte que tu envidia y tu fatua magia, siempre lanzan destellos cuando hablas. Pero, igual ni eres tú. Quizá, son sólo rescoldos de discursos pueriles impregnados, o retratos escurriendo plata, de anhelos, o burlas estridentes que te marcaron y quieres aplacarlas.
Aún así, te estimulo expectante cuando tu caída entre sábanas. Venero tu aire babilónico, te invento una profundidad quimérica, dejo me habites cual consternación gnoseológica. Me haces contradecirme en el vértigo de esta calle desierta. Me sigues importando, o tal vez, lo que me importa ha perdido clase. Toco a tu puerta, me recibes, te abrazo entrañablemente y dejo de surcar mis meditabundos pasos, para ser jalado por tu gravedad, en la madrugada.


PodCast


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20 de diciembre de 2009

Tres cuentos de un niño

Intentando escribir como si fuera niño, por encargo, me salieron estos tres cuentos. Releyéndolos creo muy pocos creerían que los escribió un niño, ja creo que tampoco un adulto, y estando en medio, entonces pudiera ser que un púber.


El niño que no podía dejar de correr

En la mañana comenzó todo. Los pequeños pies de Filiberto comenzaron a moverse como locos. Por más que quiso aplacarlos con cuerdas, vendas y hasta piedras encima, no pudo. Salió de su cabaña rumbo a las montañas, sus padres lo persiguieron también corriendo, pero él era muy rápido. Muy pronto llegó a la cima de la montaña y aunque quería ver el paisaje no se podía detener, y eso nunca lo había hecho porque se ha de saber que Filiberto nació cansado y nunca caminaba más de algunos metros sin tirarse al suelo. Curiosamente lo que le pasaba le gustaba, porque no sentía cansancio en ninguna de sus dos piernas. Comenzó a bajar esa montaña y la velocidad era mayor, pronto, pasaba por un lado de árboles, piedras, animales, haciendo todo lo posible por no chocar contra ellos. Por más que quería detenerse no lo podía hacer, todo pasaba tan rápido a su lado y en ocasiones sus pies se despegaban del suelo. También, por más que quiso evitarlo, chocó tres veces, primero con becerro, luego con un arbusto espinoso, y al final con una enorme vaca, los resultados de cada choque fueron muy graves, pero lo fueron más para ellos.
Así duro todo el día, hasta que de pronto, a lo lejos pudo ver un lago enorme. Filiberto sintió un miedo muy grande, pensó en que se iba a morir, ¿qué más podía pasar?, ya lo había pensando antes cuando había chocado, pero ahora era diferente, al estar en el agua, lo más seguro era que se ahogaría. Por fin, llegó al lago. Cuando abrió los ojos, seguía corriendo…


La caja

En la mitad del patio de la casa abandonada, de pronto apareció una caja negra. Se veía muy extraña y nadie quiso abrirla, el único que lo quiso hacer fue mi primo, desde entonces se ha quedado quieto, callado, como si mirara lejos, muy lejos y ya no responde a nada. Mis tíos le dan de comer, lo bañan y lo cuidan, a mí me da mucha tristeza verlo así. Yo les dije que era por la caja pero no me han hecho caso, me han dicho que estoy loco y que mejor me calle, ya que eso es cosa seria.

En la noche estuve pensando que si vuelvo a abrir esa caja en frente de mi primo, podrá volver a ser como antes. Hoy voy a ir.
Allí está la caja, nadie la ha movido, pero no parece que sea la misma. La voy a llevar hasta la casa de mi primo. Está muy pesada no sé qué tendrá tanto dentro. Me da mucha curiosidad saber qué tiene, pero si, también yo quedo igual que mi primo quién me ayudará luego. ¿Qué haré? la caja parece tener sonidos, y por una esquinita parece salir tantita luz. La verdad me dan muchas ganas de abrirla, pero me estoy aguantado lo más que puedo. Se escuchan algo como música muy lejana, y la luz de dentro de la caja está cambiando de colores. No. No la voy a abrir, total nada más me faltan unas cuadras, nada más atravieso el parque y ya llego. Ah caray, quién dijo mi nombre, se escuchó como la voz de mi primo. Ya no puedo más, la voy a abrir. Pero no, me tengo que aguantar. Ya no la aguanto, sí está muy pesada, bueno, nada más descanso un ratito en esa banquita. Qué tendrá esta caja. Sí yo tenía razón, esta caja es la que tiene la culpa de lo que le pasa a mi primo. Otra vez se escuchó mi nombre. Ahora recuerdo que mi primo la abrió mucho y por eso, a lo mejor se quedó así, si yo la abro tantito, nada más tantito, no creo que me pase nada. Me voy a asomar por donde se ve la luz, no, no se ve nada. Bueno voy abrir una de las tapas, y a ver qué pasa.
¿Qué no estaba yo en el parque?, ¿por qué todo cambia de colores?, ¡estoy en un bosque enorme! ¿Por qué me siento muy feliz?, veo unos ríos de luz que me llaman, voy a ir hacia ellos, no recuerdo mi nombre, no recuerdo nada, a quién venía a buscar. No lo sé, pero encuentro a muchos niños jugando, así como yo de alegres, ya nada me importa, nada más quiero jugar con ellos. Hay uno me parece muy conocido, me toma de la mano y me dice que todo estará ahora bien. Todo aquí es tan diferente, me gusta tanto que creo me quedaré.
Sólo, de pronto escucho unas voces muy lejos que gritan algo, algo sobre un parque, una estatua, un niño y una caja.


Moriré desinflado

Hace tiempo ya que conocí a mi dueño. Quién lo iba a decir, un niño mocoso y panzón que me llevó luego, luego a su casa. Y allí comenzó el martirio, yo que pensé que iba a ser todo distinto, pero no, desde que abandoné a mis hermanos, todo ha sido muy agitado. Lo primero que sentí fui la dureza de la tierra y un montón de piedras que me rasparon todo. Me golpeaban mucho, acabé acostumbrado, ya qué. La vida me dijeron algunos de mis hermanos más viejos era rodar y rodar, yo no les hice caso, pero también, ya qué. Un día duré un buen tiempo descansando, qué buenos tiempos aquellos, no me importó estar allí tirado con el sol dándome duro, meciéndome nada más por viento, aunque duraron esos tiempos poquito, después del grito de felicidad porque me habían encontrado, comenzó otra vez el martirio. Casi ya no puedo contar esto, me falta aire, pero trataré continuar, contando mi historia al aire que me meció, tan siquiera. Aunque en momentos, me sentía orgulloso, cuando por mi causa, los niños gritaban como locos, y más cuando mi dueño me acariciaba dibujándome garabatos con un plumón.
Hubiera seguido de golpe en golpe, si no fuera por un amigo de mi amo, un niño gordo, gordo que cuando llegaba con él, me daba con tanta fuerza que sentía que iba a reventar, y pues ayer, el desgraciado niño gordote, me pateó con tanta fuerza que, no sé si pueda contarlo, me fui lejos, lejos, hasta caer en una alambrada de púas. Ahora, poco a poco me quedo si aire, también mis hermanos viejos me contaron algo de eso, que nuestra vida acaba así, sin aire, tirados, deshechos, amontonados entre la basura, tampoco quise creerlo pero, ya qué. Me quedan algunos minutos de vida y orgulloso puedo decir, que fui un buen balón de fútbol.

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8 de diciembre de 2009

Un cuento

Hace tiempo en una clase me pidieron hiciera un cuento, y salió esto, nada original por cierto. Por entonces leía el mundo de Sofía. En fin.


Uno de los tres puerquitos se descubrió un día ante la certeza de ser un personaje de cuento. Siempre lo había sospechado, más cuando su casa se rehacía cada vez con frecuencia mayor. El cerdito había experimentado lo que los psiquiatras paranormales denominan deja vu en bastantes ocasiones, las suficientes como para iniciar una demencia porcina. Los mismos senderos, la misma sensación de miedo y terror ante el licántropo; porque él sabía que el atemorizante lobo, fue una vez, un terrible leñador de otra historia. Sabía que los confines de su mundillo, transformaban a los personajes en otros, pues el demiurgo era el mismo. Esa mente tenía sustancias que se mezclaban como fórmulas alquimistas. La pregunta más razonable y primera es, ¿cómo obtuvo este conocimiento el puerquito?, ¿cómo se dio cuenta de la forma de su existencia? ¿Fueron acaso las setas que encontró aquella noche? La consciencia que ahora le ahogaba era otra. Al tener en su cuerpo el elixir de la lucidez, se dio cuenta, de que su aspecto cambiaba, que el bosque habitado lo hacía también. Incluso, nunca envejecía y su vida siempre era un recuerdo de esporádicas ocasiones.

Despertó, es cierto; pero de nada le valió. Pues su voluntad era atada a la escritura de un dios. Un día, después de meditar, se dio cuenta aún más de su ridículo papel sempiterno, invariable y cansado mil veces, más por descubrirse personaje. Decidió anunciarlo a los demás amigos, incluso, al odiado enemigo.

Lo supieron todos. Confabularon para errar la historia. Lo hicieron con el embargo de una sensación de vértigo. Sólo así, en conjunto lograron romper la atrofia de su voluntad individual; que al fin, era la colectiva.

Al día siguiente -con fatalidad oscura- descubrieron sus cuerpos al principio del mismo cuento. Lo volvieron a retar, y surtió el mismo efecto. Al día siguiente ocurrió lo mismo. Todas las Mañana tenían que cambiar el curso de la pesada mano divina. Hasta que ya no lo tuvieron que hacer. Cansados descubrieron que podían separar sus actos de sus pensamientos y así poder vivir alternamente.

Una noche cualquiera se arrojaba como hoja negra y sobre ella rezaba “Variaciones metafísicas de los tres cochinitos”.

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7 de diciembre de 2009

Cuando comienzo a callarme

Oscuridad y mesticia llegan disimuladas. Hundimiento en la dureza que se maquina. Soy el hombre que se calla. El que decide alejarse hacia dentro, donde no hay nada conocido salvo ignotas represiones. No me callo por no tener que decir nada, sino porque la capacidad de decirlo es tan onerosa. Al callarme me comienzo a quedar solo conmigo mismo, en una paradójica soledad compartida. Con tantos más deambulo.

Por fuera, siempre por fuera, cualquier sentimiento de agobio, se ahoga en el disimulo de la frase trivial, adaptativa. Luego, dentro, tan dentro, se forma un sucio constreñimiento, lleno de rugidos de angustia y pericias camaleónicas. Sin embargo, todo esto sucede esporádico. Se abre la puerta a este abismo cada vez que decido callarme. Se cierra y creo que todo se va, se olvida y no pasa nada.

Quizá luego algún afortunado momento de alegría vendrá y sepultará con furia todo sentimiento cancerígeno, ojala siempre bastara para dejarlo así. Ojala bastaran olas inmensas de ira oportuna. Ojala con los impulsos se pudiera redimir tantas pieles replegadas bajo los ojos del desvelo ansioso. Los días presurosos donde se está pensando en todos, y se sigue un sendero seguro hacia la demencia del continuo. Mejor no existieran esos velos y mi carne soportara cotidianamente su consistencia en el más preciado y estoico resplandor.


Fragmento portada Arjen Lucassen Guilty Machine

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27 de julio de 2009

El solista


Por lo regular, termino de ver una película y de inmediato busco críticas en Internet, para ver si otros vieron lo que yo vi, u cosas que se me hayan escapado ver. Pero mientras miraba esta, y las imágenes venían e iban, y los pensamientos ocupaban los huecos de la cinta, ilusamente esperaba que los críticos no fueran implacables y toleraran los errores que fuesen. Estaba en contacto conmigo. Basada en una historia real, nos da excelentes actuaciones de Jamie Foxx y Robert Downey Jr.
Mencionar como spoiler, que la amistad concluye la obra, me importa poco. La amistad es presentada tan franca, entre música y sus escuchas, es la aceptación del otro. Entre una ciudad percudida, entre esquizofrenia y neuróticos intentos por cambiar a la gente. Aquí no hay melodías que se repiten hasta el hastío, no hay historias inverosímiles jurando el nombre de la música en vano para cobijar a los desamparados, ni baratas caras estúpidas de fascinación como en la película tan sólo bonita, August Rush. 

Aquí no hay conciertos triunfales, ni fama glamorosa, ni radicales cambios en búsqueda de la felicidad del espectador promedio. El cambio, que sí puede haber, se fragua lentamente y bajo las capas de mugre, bajo los puentes ensordecedores, a través de las voces interiores que martirizan como los "deberías" de todos nosotros. La música no le importa ser fondo y transformar la podredumbre de lo urbano, en dar belleza exótica a los laberintos citadinos, a la danza amorfa de los indigentes. Sí, la música, pero la que es capaz, la que conmociona, la sempiterna, la indómita, la que hace que el corazón lata más fuerte, la que hace cerrar los ojos, la que pasa por los años y se rejuvenece, la serena y violenta a la vez, la polifónica, la solista pero precisa. 
Para poder tocar un solo a través del sufrimiento, las escisiones, los sueños fallidos, la coraza para sobrevivir los días, los traumas, las culpas. Se necesita voluntad, persistencia, una comprensión íntima por la música, y de amigos.
Yo no olvidaré a mis amigos, igual a los que dicen que lo fueron. Siguen conmigo.

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17 de mayo de 2009

Con el tango de noche

La frecuencia es distinta. El aliento se acompasa en lágrimas placenteras, nostálgicas. Las luces parecen tan lejanas, titilan distinto. Me sostienes mientras uno mi piel a tu célico perfume de violines y piernas. Dictas diferente las entrecortadas palabras. Tu agua fluye preciosa en un terreno oculto en sombras. El desvelo se desvanece rodeando mi cuello, estremecido por fin; descubriendo causes de tu vientre antes tibio.
Ajenos, de entre anochecidos cantos. Somos hojas recién caídas, anomalías del caos que se muerden en crescendo. Partimos el aire deleitables por el demonio erizado del bandoleón.

La frecuencia tuvo que ser distinta. Más violenta cuando las fronteras gobernantes en sexo parecían llegar atemorizantes, y creyendo que al acelerar se espantarían. Más tierna cuando esas fronteras eran precipitadas, derramándose sobre piel ya humedecida. Que se sostenga esa última nota, hasta que aprenda a despertar sin olvidar la dictada noche.



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26 de marzo de 2009

El Fango


Mi vista permanece fija. Me atraviesa un sofocamiento progresivo, dentro de un plástico que emula el movimiento. El mesmerismo sobre las luces que se filtran al autobús, dejan de hacer su efecto. Horas y horas de permanecer con el cerebro en espera y, repentinamente esas horas se quiebran sobre mi frente con disonantes olas de sudor frío y se produce más punzante oscuridad. Una minuciosa consciencia de mi estatismo, me atosiga y comienza a hacerme temblar. De abajo, una fuerza emocional me jala y me inyecta más desamparo. No sé si sea temporal. Mi cuerpo fue entrenado para soportar y ahora, por qué es tan débil ante una invisible gravedad. Quisiera estar acostado con paredes familiares.
Los ruidos filtrados por todos lados, han traspasado el umbral y me mortifican cual coro de ánimas cacofónicas. Tantas cosas por hacer, y yo prendido voluntario en un asiento ardiente que apesta a humanidad. Sentado mientras la vida se sucede violenta. Abúlico por contrato.
Tantas cosas que no puedo hacer y anhelo tuvieran respuesta tan fácil como pararme y escapar de este camino oneroso cual sermón de cura necio. El calor irracional que trepa hormigueante por mis miembros me deja por momentos sin respirar. No me tolero, no estoy de acuerdo, por fin, con alguna de mis convicciones. Los demás, con su poder de adaptación me son asquerosos. Me presionan aún más a querer salir por los ojos. Una mujer ronca cerca de mí. 

De pronto un sueño lleno de agua fangosa, me hace abrir los ojos con profunda desesperación. Vividamente sentí entrar el agua por mi nariz, la cual, trataba de arrancarme para ver si por el hueso obtenía aire. Huyo del agua, de la asfixia, de mi asiento, de la parsimonia. Aún despertando la angustia me carcome. Pido con gritos me dejen bajar, donde sea, cómo sea, necesito salir. 

Una sensación de libertad me consume, mientras choco en la noche contra arbustos espinosos y desangro levemente mi ansiedad.

Corro frenético contra el horizonte titilante, los cerros perturbadores observan mi extravío. Grito desgarrado entre las penumbras, por cada eco, mi alma va adquiriendo sosiego. Por un instante desaparecen mis frustraciones escondidas, mis dolores añejos tan callados, mis cicatrices resplandecen y florece entre el frío de la noche, la empatía con quién he amado. 

Otra vez despierto, otra vez el agua y el fango. No sé dónde estoy, y antes tampoco. Necesito me ayuden, algún mensaje servirá. Todo lo comprendo ahora. Esta vez, me entrego tranquilo, ante la extraña calma.

Descanse en paz Andrés Alejandro Palomeque González, Abismo Negro.

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13 de marzo de 2009

Intangible


Caricias de la lejanía, estremecidas y perdidas por la bruma en nostalgia. Sabores que calan y suplican volver. Citas postergadas, antes tan definidas en los ideales cálidos con los pies en el agua. Caricias de dedos fantasmas, moldeados a antojo, enmarcados entre gotas de vino y bastones de polvo.

Destellos por bailar un recuerdo, por aspirarlo entre otros, por fijarlo en el umbral con demencia. Ojos abiertos, ya cuando se camina desnudo. Examen minucioso ante un espejo implacable que llena de desfallecimiento, mirando hasta los huesos. Mientras se acerca más al pecho siendo entrañable, un símbolo que abraza y enternece, encargado de que no se fabriquen más quimeras hasta que el sueño llegue. Luego que se haga lo que se quiera. Contemplaré ya mañana, desde la montaña más alta, la devastación del sonámbulo, y me reiré a carcajadas.


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17 de enero de 2009

La frialdad

De las tantas caras que tiene, la que más me atemoriza es la que viene vestida de blanco, a veces de azul. Se rodea de azulejos o acabados del mismo color, que extienden aún más su temperatura o, de paredes tristes y despellejadas. Pero no es precisamente el lugar, sus utensilios y artilugios platinados, su aroma a éter, su equipo avanzado o tercermundista; sus estanterías llenas de frascos o cajas, su camas incipientes: austeras o lujosas, nunca son suficientes; sus batas para influir respeto y asepsia por doquier. No, eso no le da ese vacío y sabor a fatalidad e incertidumbre.

Son algunas personas que lo cohabitan. Quienes reflejan en su cara la conformidad, la aceptación de una tarea que pocos aceptarían. La lejanía por sanidad mental. El cansancio primero justificado por una causa humanitaria, luego económica, luego funcional. La transformación en sujetos blindados ante el dolor, la muerte, la desesperanza, la certeza del final, de lo irremediable, de histerias, hipocondrías. 

Ante todo, es necesario ponderar su labor, entender que la cercanía ante lo que otros evitan, los coloca en una postura encomiable, que al final, la solidaridad opera en ellos en niveles dispersos.

La frialdad se entiende por el nivel de eco de sus pasos. El eco es dentro de su alma. Han desarrollado la habilidad para ser mensajeros de la muerte. Aún de que quizá, algunos no terminen por transmitir con prudencia el dictado o por tantas veces hacerlo, aquel eco resuene aún más y los haga ver un tanto despiadados. 

De pronto están simplemente trepados en un podium que suponen excelso, sublime. Nosotros simples mortales, condenados al dolor y ellos a curarnos, no podemos más que seguir sus discursos de salvación. Algunos debo decirlo, son sinceros y otros mejor todavía, son dichos al mismo nivel, con la empatía necesaria para que nosotros nos sintamos comprendidos más que curados. 

Mientras, seguiré consternado cuando observo el reflejo de no sé que abismos en su rostro. Su exótico poder de tratarnos objetivamente y no dejar que los perturbe nuestro dolor. Un don asombroso de poder olvidar que también ellos necesitarían consuelo.

Abandoned Sea View Hospital Wheelchair
Fotografía tomada de la galería de no3rdw

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6 de enero de 2009

Te quedaste

Sonreíste. El pincel desnudo danzó sobre tu vientre, las cortinas se abrían y cerraban al ritmo de los anochecidos arpegios; sólo quedaba desfallecer ansioso y provocar la tempestad con gritos y espasmos. Luego me miraste. Que me quedara era lo imperioso sobre la luz expandida en tus enternecidas pupilas, cubiertas por velos delirantes. 
Quedarse. Continuar escuchando tus latidos apaciguándose. Oler sin prisas los mantos sobre la piel mojada. Abrazado. Sentir que no hay motivo para irse, la patria se ha encontrado, aunque sea dentro de caricias fugaces. 
Después despertar aún, de que el sueño envuelto en soplos llegase contigo. Palabras que nadie más escucha, razones dispersas entre tus piernas. Otra vez danza, y el oscilante hundimiento entre coros de memorias, que otras veces igual prefirieron quedarse.

Eclipse de luna

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18 de diciembre de 2008

Inconsciente

Ayer desperté con una singular tristeza. Luego al meditar dentro de un gran ideal ajeno, fue tomando cada vez más forma. Me sentí solo. Pero era una soledad magnífica, auténtica y vasta, muy vasta; por lo tanto inalcanzable para abrazarse a sí misma. Aún de que reconocía que existen personas que me aman, neciamente lo seguía sintiendo. Entonces quizá entendí, que era en cierta categoría que operaba ese tipo de tristeza. Era una dimensión no cubierta. Una necesidad vacua y cada vez más oscura.

Desde hacía días se venía gestando, caminaba como reptil o más bien dicho, reptaba desde no sé qué horizontes ignotos, por lo tanto más odiados.

La quietud era lo que maceraba ese sentimiento sin lugar a dudas. Había callado por tanto tiempo, pero por tener que decir tantas cosas, con un grado de desbocamiento excelso. Las ideas se imbricaban sin orden alguno. Para luego ser revueltas aún más por mis turbios sentimientos.

La muerte ha sido un principal tema a debatir internamente. El dolor me ha acercado tanto a observar su tez. He tratado de mirar con toda la sabiduría que pudiera anhelar, sin embargo tengo miedo. Angustia por tanto, o miedo a no ser.

No quisiera que sufriera nadie por mí, no es justo. Derivado de ese pensamiento, quisiera de pronto ilusamente poner un anuncio con ubicuidad que les dijera a todos los que hice sufrir: perdón, pero luego de examinar mis recovecos que guardan hipocresía, diría más bien, a todos los que he amado.

Qué secretos corren salvajes en mí, qué agonías de vestigios supuran fuerza. La calma de este día asecha con voluntades ajenas. Los nervios no quieren ser devastados, pero son unos ciegos, unos ambulantes rasgados llenos de cuchillas en sus piernas. Dónde terminará esta víspera borrosa del desfallecer.

En efecto la muerte, es el camino hacia la veneración, hacia el asombro, hacia el respeto, hacia la humildad. Saber que no somos sempiternos, que somos pasajeros, y por lo tanto más valiosos. El descubrirse, el ubicarse en el tiempo. Tal vez sí sea un axioma de la necedad, el decir que conocemos por negatividad, entonces la muerte es el gran espejo de la vida. La vida será más cognoscible que el conocimiento mismo. Es necesario apartarse de esta lumbre que me hipnotiza.

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